Estudios Libertarios. Vol. 1 (2018).

MIGUEL ROLDĆN*
En el presente trabajo se pretende examinar la naturaleza de la virtud de la honestidad, en general, y de la mentira a otros, en particular, mediante una comparativa de la visión filosófica del kantismo, el utilitarismo y el objetivismo, haciendo énfasis en las diferencias que existen entre las tres corrientes de pensamiento.
- La honestidad y el derecho a mentir segĆŗn Immanuel Kant
Para Kant (2002) la moral es un asunto puramente formal de actuar conforme a unas reglas que simplemente se consideran buenas porque son esas reglas y que uno tiene el deber de actuar conforme a ellas. Esta tesis, por tanto, divorcia la moralidad de la vida, del disfrute de la vida y de hecho hace que un hombre no pueda, en tanto se ocupe de sus asuntos trascendentales o cotidianos, guiarse por normas morales que nada tienen que ver con el papel y el objetivo de la moralidad según el filósofo alemÔn.
Es decir, Kant defiende una visión intrĆnseca de las normas morales. Las normas morales son buenas en sĆ mismas, por sĆ mismas y en aras de sĆ mismas, su cumplimiento es un fin absoluto no sujeto a ninguna consideración adicional mĆ”s allĆ” del hecho de cumplir con la regla. AsĆ, por tanto, Kant considera que un hombre no puede mentir en ninguna circunstancia, porque de hacerlo, entonces ese hombre estĆ” actuando con base en consideraciones particulares, en lugar de ser leal a la universalidad de la regla. Si un hombre considera bueno mentir en determinadas circunstancias, de acuerdo con Kant, ninguna promesa puede ser mantenida, porque de esa manera las reglas morales dejarĆan de ser un absoluto como poder motivador de la conducta.
De ahĆ que para Kant mentir por consideraciones de utilidad para uno mismo o para otro, de bienestar personal, sea inmoral y, por ende, no pueda hacerse. AsĆ, si alguien busca a una persona que tienes escondida para matarla, de acuerdo con Kant debes revelar su ubicación, pues lo contrario serĆa faltar a la universalidad de la regla moral. Ejemplo tĆpico: Si un agente de policĆa de una dictadura totalitaria te insta a que le facilites una información que les ayudarĆ” a encontrar y a asesinar a un inocente, la moralidad kantiana te dirĆ” que no tengas en cuenta los efectos que eso pueda tener en la vida de la persona que va a ser asesinada, ni que tengas en cuenta que si tĆŗ has escondido a esa persona siguiendo el deber kantiano de conservar la vida tanto en ti mismo como en otros, vas a ser asesinado, considerar los perjuicios que revelar la verdad tendrĆ” en ti.
TambiĆ©n eso aplica a la Hacienda PĆŗblica. Si Hacienda te pide que declares tu capacidad económica y tu patrimonio, de acuerdo con Kant, los efectos adversos que eso tenga en tu propiedad son irrelevantes, y debes decir la verdad, porque lo contrario serĆa faltar a la universalidad de la regla, al imperativo categórico.
En cuanto a las llamadas mentiras piadosas o mentiras blancas, Kant dice que igualmente estĆ”n prohibidas, sobre la base, como hemos visto que se atacarĆa a la universalidad de la regla moral que indica: no debes mentir. Una regla que es universal por ser a priori, por no tener en cuenta circunstancias particulares de tiempo, lugar, personas, inclinaciones, fines y demĆ”s especĆficos y que varĆan de individuo a individuo y de circunstancia a circunstancia.
Por tanto, las consecuencias que se siguen de la visión kantiana de la moralidad son gravemente nocivas para la vida, puesto que ordena cumplir con la moralidad sin considerar el bienestar o el malestar que resulte de las acciones ejecutadas, debe aplicarse la regla mecÔnicamente y tener la satisfacción de que se ha cumplido con el deber, pero sin tener inclinación o deseo de cumplir con ese deber.
Este tipo de teorĆa, como dice, Ayn Rand, es la que le da mala fama a la moralidad, pues nadie puede cumplir con ella si pretende vivir. La moralidad kantiana no le da importancia a la vida, a la felicidad, a los valores que uno pueda encontrar en la existencia, todo eso debe ser dejado de lado, en aras de cumplir con reglas de moral simplemente por ser reglas de moral, excluyendo a la moral de cualquier consideración prĆ”ctica e invitando a todo hombre con autoestima a renunciar a la moralidad.
2. La Ʃtica de la honestidad y el derecho a mentir desde el utilitarismo
En la ética utilitarista hay dos nociones sobre la búsqueda de la utilidad o el placer o la conveniencia prÔctica como estÔndar de valor, a saber, una noción individual y otra social.
La individual guarda relación con el hedonismo, aunque no son similares. El hedonismo sostiene que el placer es el estÔndar de virtud, todo aquello que a uno le de placer o sienta que le de placer, es lo bueno y debe hacerlo, todo aquello que le disguste es malo y no debe hacerlo. El utilitarismo individualista considera que uno debe hacer aquello que le conviene o le sea útil o sea prÔctico para lograr sus fines (Bunge, 2010).
El utilitarismo social sostiene que el estÔndar es lo que es útil para la sociedad o lo que, dé placer o felicidad a la sociedad, este principio es resumido en la mÔxima de Jeremy Bentham: la mayor felicidad para el mayor número.
El problema de esta teorĆa Ć©tica es ĀæCómo determina uno lo que es placentero o doloroso para la mayorĆa, y lo que es Ćŗtil o prĆ”ctico? Incluso en la vertiente individualista, tampoco se responde cómo determinar el interĆ©s prĆ”ctico de uno.
Es mĆ”s, de acuerdo con la visión metafĆsica y epistemológica implĆcita en la Ć©tica subjetivista del utilitarismo, es imposible tal estĆ”ndar y finalmente el capricho de una Ć©lite social es la que determinarĆ” y harĆ” los cĆ”lculos de placer y de dolor convirtiĆ©ndose en los voceros de la sociedad.
Podemos ver que la Ć©tica utilitarista lleva a conflictos irresolubles, pues, si el deseo, el placer o la conveniencia subjetivamente considerada de cada cual o de una mayorĆa son el estĆ”ndar, eso significa que no hay modo de establecer quĆ© deseos, utilidades e intereses han de primar y cuĆ”les han de ser sacrificados, salvo el recurso a la violencia para acallar a los disidentes por parte de quienes tienen el poder para imponer los criterios de placer
o dolor a los demƔs miembros de la sociedad.
No hay manera de determinar qué es lo útil o lo conveniente si la realidad no es un absoluto firme, y si no hay un estÔndar para determinar lo que es útil o no, y una respuesta a por qué uno debe perseguir algo cómo útil y como se estima que es útil mÔs allÔ de un capricho.
En la Ć©tica utilitarista individual estarĆa permitido que un hombre mienta, rompa sus promesas o traicione a otra persona si asĆ lo considera placentero o de interĆ©s prĆ”ctico, o lo juzga conveniente de acuerdo a las necesidades del momento, lo cual, hace imposible actuar a largo plazo, e imposible unas relaciones armoniosas con otros hombres. Por ende, el decir o la verdad o mentir serĆa algo dejado al capricho omnipotente del individuo implicado en el acto de mentir o decir la verdad.
En la Ć©tica social utilitarista, uno puede mentir si lo considera bueno para la mayorĆa. Si uno considera que es Ćŗtil o prĆ”ctico o de interĆ©s para una mayorĆa ser objeto de mentiras y lo justifica diciendo que es por su propio bien, puede mentir y los gobernantes pueden hacer uso de las mentiras en aras de mantener el nebuloso bienestar social.
Es mÔs, puede ser sacrificado cualquier individuo honesto que valore la verdad si eso se juzga como contrario a las conveniencias sociales o exigir a un individuo que diga la verdad en cualquier circunstancia, aunque eso pueda ser contrario a su propio interés, por ejemplo, que diga la verdad sobre su patrimonio a la Hacienda Pública para que esta pueda devorar sus bienes en base a impuestos abusivos.
3. Ćtica objetivista de Ayn Rand y su visión de la honestidad y de la mentira
La Ć©tica o moralidad de Rand deriva de su metafĆsica basada en la primacĆa de la existencia (1971, 1982, 1989) y de su epistemologĆa basada en la supremacĆa de la razón como medio para conocer la realidad (1979).
Ahora bien, dado que sólo existe una realidad, la que percibimos por los sentidos, y dado que las cosas son lo que son, A es A, ¿Qué hecho de la realidad da lugar y hace posible la moralidad?
Si nos fijamos en todos los códigos de ética desde oriente hasta occidente, lo que tienen todos ellos en común es que se refieren a cómo ha de actuar el hombre y qué fines ha de perseguir.
La moralidad por lo tanto trata con fines, metas u objetivos. Ahora bien, en la realidad el Ćŗnico hecho que da sentido y hace posible perseguir metas, fines u objetivos, es la vida.
Los seres vivientes fijan su propia vida como estÔndar o fin último que justifica las acciones que emprenden y los fines, metas u objetivos secundarios que sirven para el mantenimiento de la vida. Por lo tanto, la vida es la alternativa fundamental que enfrentan determinadas entidades y que hace posible y necesaria la fijación de metas, alternativas que enfrentan para adoptar un determinado curso de acción u otro.
Ahora bien, el hombre como ser vivo dijimos que era un ser de consciencia volitiva, es decir, sus acciones no estĆ”n determinadas necesariamente por factores antecedentes, Ć©l es libre de actuar, ese hecho metafĆsico es crucial, pues diferencia al hombre de los demĆ”s seres vivos o seres animados en el hecho de que tampoco hay un curso automĆ”tico que Ć©l persiga ineludiblemente, Ć©l tiene la capacidad de autodeterminar sus acciones por medio de su voluntad.
Otro hecho de la realidad es que el hombre no puede sobrevivir basÔndose en su mera percepción, el uso de la razón, el integrar material perceptual en conceptual, también es su medio de supervivencia, de mantener su vida. La formación de conceptos, la generación de ideas y en definitiva el uso de su facultad racional tiene un objetivo:
asegurar el mantenimiento de su propia vida: La razón es su herramienta bÔsica de supervivencia.
El hombre no tiene por tanto una programación automÔtica de lo que favorece su vida y lo que la daña, sino que debe descubrir lo que le favorece y lo que le perjudica por medios conceptuales, es decir, a través del ejercicio de la razón, el resultado de esos descubrimientos son un tipo de principios conceptuales cuyo contenido estÔ directamente dirigido a identificar que cosas son buenas o malas para promover su vida, es decir, a identificar las cosas como valiosas o dañinas para su vida, y ese conjunto de principios conceptuales es la moralidad.
Por consiguiente, la necesidad de moralidad del hombre deriva del hecho de que siendo un ser de consciencia volitiva que no puede obtener por medios puramente perceptuales el conocimiento que necesita para sobrevivir, que no tiene un conocimiento de cuÔles son los valores que promueven su vida y aquello que no constituye valor o que milita contra su propia vida, necesita descubrirlo por sà mismo, por tanto, necesita formular un código de moralidad.
Un valor es, en consecuencia, toda aquella cosa de la realidad que por su naturaleza sirve para promover la vida humana. Y el estĆ”ndar de valor y al mismo tiempo el valor supremo de la moral humana es todo aquello que promueve su vida, pero no la vida a cualquier precio, sino la vida de un ser racional. Dado que es la razón la que le permite identificar cuĆ”les son los valores que promueven su propia vida, asĆ, un hombre no puede saber en base a sus sentidos que determinada seta del campo es buena o es venenosa, necesita desarrollar la ciencia de la micologĆa, el anĆ”lisis en laboratorio, todo ello presupone el uso de la razón, incluso en los estadios mĆ”s simples de la humanidad, el hombre debĆa observar a animales comiendo determinadas cosas y rechazando otras, para asĆ llegar a una conclusión acerca del efecto benĆ©fico o malĆ©fico de tales cosas para su alimentación, y mĆ”s tarde asegurando su conocimiento por medio de la ciencia quĆmica.
Todo ello presupone que la identificación de una cosa como buena o como mala debe hacerse por medio de la razón, la identificación de los valores es conceptual, por tanto, racional. Eso presupone una teorĆa objetiva de los valores, los valores no son producto de un mero proceso de consciencia, ni de sentimientos, es decir, subjetivos o determinados de forma caprichosa o ciegamente emocional, la realidad es la que es, pero tampoco son intrĆnsecos, es decir, algo que le venga al hombre dado automĆ”ticamente, sino que Ć©l debe usar su facultad conceptual para descubrir los valores.
Dice Rand que, para perseguir el valor de la vida, el hombre tiene que perseguir tres valores cardinales: la razón, el objetivo y la autoestima (Peikoff, 1993).
El valor de la razón es la búsqueda del hombre de comprometerse en el desarrollo de su facultad racional, de cultivar el poder de su razón, de constantemente incrementar el conocimiento conceptual de la realidad para saber qué es bueno para su vida (Peikoff, 1993).
El valor del objetivo consiste en fijar la propia felicidad, la felicidad como estado de florecimiento, de bĆŗsqueda de valores que sustenten su vida y haga que su vida valga la pena. La felicidad como el producto de haber logrado valores racionales. (Peikoff, 1993).
Y la autoestima como resultado de buscar la razón para incrementar su poder y control sobre la realidad, y la felicidad como impulso de sus acciones tendentes a lograr valores, conduce a buscar en el hombre el valor de considerar que su mente es competente para pensar y resolver los desafĆos de la vida y Ć©l es digno de ser feliz. Por tanto, la autoestima como resultado de considerar la razón y la felicidad como valores absolutos que ha de
perseguir para sustentar el valor supremo de su propia vida (Peikoff, 1993).
La búsqueda de esos valores conduce al hombre a practicar ciertas acciones que son idóneas para obtener esos valores, esas acciones son acciones virtuosas, y las virtudes bÔsicas o cardinales orientadas a la consecución de los valores cardinales antes mencionados, son la racionalidad como virtud bÔsica, y seis virtudes auxiliares que
implica el ejercicio de la racionalidad enfocada en ciertos aspectos de las acciones del hombre y de la realidad. A saber, independencia, integridad, honestidad, justicia, productividad y orgullo (Peikoff, 1993).
La racionalidad como virtud bÔsica es el poner la razón como único absoluto, es el reconocimiento de que la existencia existe, de que las cosas son lo que son, es el compromiso de pensar, de no evadir la realidad, de orientarse en la identificación de los hechos de la realidad, de reconocer que todas las acciones, metas, objetivos y valores del hombre tienen lugar en la realidad y de reconocer que debe usar su razón para identificarla y actuar en ella, de que debe usar la razón y ser consciente y estar enfocado en la búsqueda permanente de valores concordes con los hechos de la realidad de forma permanente en todas las horas de vigilia. Es decir, ejercitar la razón en cualquier instante de su vida, de constantemente incrementar su conocimiento para poder buscar valores (Peikoff, 1993).
Esa virtud bĆ”sica que puede resumirse en pensar encuentra seis manifestaciones que son aspectos especĆficos de la aplicación de la virtud de la racionalidad, del ejercicio de la razón. A saber: la independencia, la integridad, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo.
En este artĆculo nos ocuparemos Ćŗnicamente de la honestidad, por ser nuestro objeto de anĆ”lisis. En La Rebelión de Atlas, Ayn Rand (1957) la describe de la siguiente manera:
Honestidad es el reconocimiento del hecho que lo irreal es irreal y no puede tener valor, que ni amor ni fama ni dinero son un valor si se obtienen por fraude ā que la tentativa de ganar un valor engaƱando la mente de otros es un acto de elevar a tus vĆctimas a una posición por encima de la realidad, donde tĆŗ te conviertes en un peón de su ceguera, un esclavo de su no-pensar y de sus evasiones, mientras que su inteligencia, su racionalidad, su capacidad de percepción se convierten en los enemigos que debes temer y eludir ā que no te importa vivir como un dependiente, y peor aĆŗn, como un dependiente de la estupidez de otros, o como un tonto cuya fuente de valores son los tontos a los que consigues atontar ā que la honestidad no es un deber social ni un sacrificio por el bien de los otros, sino la virtud mĆ”s profundamente egoĆsta que el hombre puede practicar: el negarse a sacrificar la realidad de su propia existencia a la ofuscada consciencia de otros.
Desarrollemos entonces cada una de las proposiciones contenidas en ese pƔrrafo de su novela cumbre.
En primer lugar, la honestidad como hemos dicho significa, el rechazo de lo irreal, el reconocimiento de que uno no puede ganar valores a travĆ©s de la irrealidad. Ayn Rand aquĆ conecta la virtud moral de la honestidad, la Ć©tica con su metafĆsica. En efecto, si La realidad existe como algo absoluto y objetivo, si los hechos son los hechos, y existe con independencia de la consciencia, si la consciencia no puede alterar los hechos de la realidad, sino que su función primordial es percibirlos, entonces, pretender que los hechos son diferentes a como son, no alterarĆ” la naturaleza las cosas, no modificarĆ” la realidad.
Pero la honestidad también implica un asunto epistemológico, el compromiso de un hombre a usar la razón, la razón como facultad para percibir e identificar los hechos, de ahà que la honestidad sea un aspecto de la racionalidad, del compromiso de usar la razón, de orientar tu consciencia de acuerdo con su naturaleza objetiva, que es la de percibir los hechos, no la de crearlos o inventarlos.
En efecto, la honestidad presupone vincular el reconocimiento de que Las cosas son lo que son con independencia de nuestra consciencia y que la función de la consciencia es percibir los hechos, que debemos conocer los hechos a fin de poder actuar en el mundo, a fin de perseguir valores.
La honestidad, igualmente estĆ” conectada especialmente con la Ley de causalidad, cada cosa actĆŗa de acuerdo con su naturaleza. Si el hombre ha de perseguir valores, Ć©l debe ejecutar las acciones causalmente conectadas con la promoción de esos valores, en consecuencia, Ć©l no puede falsificar la realidad, no puede inventar que un cierto efecto provocarĆ” cierta causa, sin en verdad, no es asĆ.
Los valores son lo que son, lo que tiene valor tiene valor, lo que no tiene, no lo tiene, y el hombre reconociendo ese hecho, y reconociendo una relación causal entre la naturaleza de las acciones que puede tomar por elección y la naturaleza valiosa de las cosas, entonces orienta su consciencia a identificar los hechos y actuar en conformidad a ellos, la racionalidad, y como corolario, Ć©l rechaza quebrantar el vĆnculo entre consciencia y existencia, rechaza quebrantar el vĆnculo causal entre las acciones que toma y los valores que puede perseguir, y ese rechazo a quebrantarlo implica no pretender que las cosas son diferentes a como son.
La razón de que uno no puede crear una realidad paralela y vivir de espaldas a la que existe, es el hecho de que la existencia existe, de que la realidad no puede ser borrada, pero el que intente borrarla, serÔ borrado. La realidad borrarÔ al borrador, como dice Ayn Rand.
Esto nos lleva al tema de la mentira. Contrariamente a lo que la mayorĆa de los moralistas sostienen, la honestidad no es un deber social como nos indica brillantemente Rand. Uno no ha de ser honesto simplemente para complacer a otros, o para no herirlos o daƱarlos. La perspectiva de ser honesto o no, no estĆ” orientada primordialmente hacia los demĆ”s, como por otra parte tampoco lo estĆ” ninguna otra virtud. El propósito primordial de practicar la virtud de la honestidad es egoĆsta, es asegurar el Ć©xito en la bĆŗsqueda, obtención y conservación de los valores que hacen posible la vida.
Este principio es capital. Si la honestidad no es un deber social, ni tampoco un favor o una actitud benevolente que uno concede a otros, eso significa que con independencia de si otros pueden verse confundidos o engaƱados por las propias acciones deshonestas de uno, eso no harĆ” exitoso el desafĆo de los hechos de la realidad y por tanto, que igualmente engaƱar a otros, no sirve de nada, porque no altera los hechos, la mentira no altera la realidad.
Pensemos en las llamadas mentiras piadosas o mentiras blancas. Tanto Ayn Rand como Kant se oponen a las llamadas mentiras blancas o piadosas, Ayn Rand dice que no existen las mentiras blancas, sino tan sólo la negra destrucción. Pero las razones o los fundamentos por los cuales Ayn Rand se opone a convalidar o sancionar moralmente las llamadas mentiras blancas o piadosas es opuesta a la de Kant.
La justificación que Ayn Rand da a rechazar el valor de la mentira piadosa o blanca, es la mismo que hemos estado viendo hasta ahora: mentir no sirve, no funciona, no altera los hechos, no beneficia al sujeto al que se le miente.
Supongamos que queremos mentirle a una persona porque pensamos que le ahorramos conocer una verdad que le resulta desagradable. Bien, el hecho de que esa persona no conozca la verdad, no la cambiarĆ”, no harĆ” que esa verdad deje de ser verdad, y que los hechos dejen de existir y de influir en su vida. Si una persona contrae una enfermedad muy grave que finalmente conducirĆ” a su muerte, eso no harĆ” que la enfermedad desaparezca, el decirle que no es grave, que se pondrĆ” mejor, que se recuperarĆ”, no harĆ” que se recupere, no evitarĆ” el final, los hechos son lo que son, A es A, como venimos diciendo.
Una mentira blanca es tan absurda e ilógica por principio como si a alguien se le dijera que la Ley de la gravedad no existe por temor a que el conocimiento de las leyes de Newton le resulte un hecho desagradable que preferirĆa no saber.
Distorsionar la evidencia, no altera la realidad. No conocer un hecho, no harÔ que este no tenga efectos en su vida. Y mÔs aún, impide que la persona pueda actuar eficazmente en la medida que pueda, por ejemplo, celebrar un testamento en donde arregle la disposición de sus bienes para el caso de muerte, con los consiguientes perjuicios ocasionados por ello a futuros herederos.
La consciencia no crea la realidad, hagamos énfasis en ello una vez mÔs. Rand dice que sólo existe la negra destrucción. Es decir, la mentira solo sirve para impedir que una persona tenga el conocimiento necesario de los hechos para actuar eficazmente, con independencia de cuÔn desagradable pueda ser conocer un hecho, es necesario conocerlo si uno quiere asegurar el éxito en la consecución de los propios objetivos y la obtención de valores.
En el Ć”mbito puramente polĆtico, la honestidad igualmente es necesaria. Si las personas falsifican la realidad y creen que polĆticas keynesianas, inflacionistas y expansivas del crĆ©dito y reducción de los tipos de interĆ©s por debajo de los que habrĆan prevalecido en el mercado, va a traerles prosperidad, lo cierto es que no va a ser asĆ.
Si sabemos, de acuerdo con la ciencia económica que el tipo de interĆ©s crediticio refleja objetivamente la diferencia entre la mayor valoración de los bienes presentes con respecto a los futuros, y eso nos indica hasta quĆ© punto existe ahorro disponible para acometer procesos productivos que requieren una alta inversión en capital, distorsionar los tipos de interĆ©s y fingir que hay mayor volumen de ahorro del que realmente hay en la economĆa,
sólo traerÔ destrucción de capital, malbaratamiento de los factores de producción, inmovilización de los mismos, que en el caso del factor trabajo conlleva desempleo masivo, y no conseguirÔ la tan ansiada prosperidad. Ser deshonesto no alterarÔ la realidad.
En efecto, si de acuerdo con la Ciencia económica, el ahorro, es decir, la renuncia voluntaria a consumir bienes en el presente para hacer posible un consumo futuro mayor, es escaso y se refleja en un tipo de interĆ©s elevado, lo cual indica escasez de capital, la expansión del crĆ©dito reduciendo el tipo de interĆ©s, no harĆ” que el ahorro necesario estĆ© disponible, meramente provocarĆ” una demanda excesiva de crĆ©dito, de capital, que la oferta real no es capaz de satisfacer, provocarĆ” al principio un auge en el precio de los factores de producción, fruto de la mayor demanda inducida por ese crĆ©dito, pero los factores son escasos, subirĆ” el precio, pero habrĆ” proyectos que no podrĆ”n realizarse por falta de capital, y no sabremos si esos proyectos serĆan rentables, al mismo tiempo que se intentarĆ” realizar proyectos que no serĆan rentables puesto que no serĆan altamente valorados a largo plazo. Se procederĆa a ciegas, hasta que finalmente la escasez de capital tenga que revelarse cuando no estĆ© disponible el crĆ©dito para seguir comprando o finalmente tenga lugar una hiperinflación que destruya la moneda y provoque el caos económico al no ser capaz de orientarse en función de precios que ya no desempeƱan su función de guĆas del proceso económico. La realidad se mostrarĆ” en toda su crudeza.
O las polĆticas de previsión social que encarecen los servicios pĆŗblicos, ofreciĆ©ndolos en menor cantidad y de menor calidad, las subvenciones que retiran dinero de personas productivas para ponerlas en manos de incompetentes, todo ello reducirĆ” el nivel de vida de la población.
Ahora bien, se plantea generalmente la tesis acerca de si despuĆ©s de todo, la honestidad podrĆa abandonarse en caso de que uno tuviera Ć©xito embaucando a otros, consiguiendo valores inmerecidamente a travĆ©s del fraude o del robo.
Bien, observamos que lo que en primer término el ladrón o el estafador pierde, es su independencia, es decir, su capacidad de estar orientado a la realidad, y pone su preocupación en la consciencia de otros hombres, hombres de los que tiene que ocultarse o bien a los que tiene que cegar con respecto al conocimiento de los hechos.
Si es un ladrón y se oculta entonces él tiene constantemente en cada momento procurar observar si alguien puede delatarlo, en cuyo caso su actitud serÔ de permanente desconfianza hacia otros, lo cual le lleva a tener que relacionarse con personas de la misma clase que él.
Eso implica exponerse a sufrir la deshonestidad de esos otros. ĀæCómo va a confiar en personas que igualmente estĆ”n dispuestas a engaƱarlo o podrĆan hacerlo en cualquier momento? Si trata con personas honestas, entonces tienes que ocultar su pasado, y eso le lleva a temer el conocimiento de los otros, tendrĆ” por tanto que elaborar mentiras y a las posibles pesquisas que personas con las que tenga un trato duradero, puedan hacer, tendrĆ” que urdir nuevas mentiras que sostengan las anteriores, ya que los hechos se convierten en la amenaza a sus acciones fraudulentas.
Pensemos en que esa misma persona ha robado un banco, quiere gastar el dinero, pero gastar el dinero presupone que haya personas capaces de producir bienes y servicios en los que ese dinero puede ser gastado, y eso requiere honestidad y productividad, las mismas virtudes que Ć©l desafĆa. Requiere hombres productivos. Al mismo tiempo para que existan esos hombres, deben estar protegidos eficazmente contra hombres como Ć©l, pero una mayor protección lo expone al riesgo de ser descubierto y detenido.
Por otra parte, en cualquier momento tendrĆ” que cambiar sus objetivos, si quiere comprar una casa no podrĆ” hacerlo, puesto que debe estar preparado para huir si dan con Ć©l para detenerlo, consumirĆ” el dinero que ha obtenido en sus āgolpesā, tendrĆ” que planificar nuevos golpes arriesgados, por tanto, no podrĆ” tener una vida estable en ningĆŗn lugar, vĆctimas demasiado cerca son un riesgo para Ć©l, lo que llevarĆ” a ser un vagabundo
permanente.
En conclusión, el hombre ha de ser honesto porque las cosas son lo que son, porque dado que el hombre vive en la realidad, actuar contra la realidad no funcionarĆ”, uno no puede alterar la realidad, cualquier valor que uno pueda obtener de ella, requiere contar con los hechos y seguir una polĆtica orientada a los hechos, (independencia), a no buscar lo inmerecido, lo que uno no ha ganado, justicia, y le exige que Ć©l estĆ© en control de la realidad, dominando la naturaleza para crear valores materiales.
Hay un solo acto que inequĆvocamente niega la raĆz y la base de toda moralidad: la fuerza fĆsica.
Iniciar el uso de la fuerza fĆsica contra otro hombre socava la raĆz y la base de toda moralidad. Al derivar la moralidad del ejercicio de la razón, el uso de la fuerza niega la moralidad al impedir al hombre ejercer su juicio.
Emplear fuerza fĆsica o amenaza de fuerza impide que un hombre pueda actuar de acuerdo con las conclusiones que le dicta el juicio de su mente, sea cual sea el propósito o motivo que tenga el agresor, interponer la fuerza fĆsica entre la mente de otro hombre y la realidad, es hacerle imposible ejercer su herramienta bĆ”sica de supervivencia.
Concretemos esto: un hombre es interceptado por otro que le exige a punta de pistola que le entregue todos los objetos de valor que lleva encima, ante esa amenaza, la vĆctima entrega el dinero y demĆ”s posesiones de valor que lleva consigo.
Observemos lo que ha sucedido aquĆ: un hombre posee bienes de valor porque de acuerdo con su juicio, esos bienes son necesarios para poder vivir, Ć©l los considera de valor, de lo contrario, no los tendrĆa en su poder, Ć©l quiere retener su propiedad y usarla como mejor disponga, porque concluye que es bueno poseer bienes y dedicarlos a los fines que Ć©l estime convenientes, y asĆ concluye de acuerdo con el juicio de su mente que conservar estos bienes en propiedad es bueno. Entonces llega otro hombre armado y le pone la siguiente alternativa: o tus bienes o tu vida. Pero la vĆctima sabe que necesita esos bienes para vivir, entonces el ladrón lo coloca en una situación imposible: si cede a las demandas del ladrón, entonces pierde lo que de acuerdo al juicio de su mente es bueno para prosperar, sus bienes, sus riquezas, pero si no cede, entonces el ladrón destruye el valor supremo que es su vida, y que estĆ” en la base de todos sus valores. El ladrón no discute, no argumenta, simplemente esgrime un arma.
Al hacer eso, estĆ” haciendo irrelevante cualquier conclusión que un hombre pueda haber alcanzado sobre el valor de la propiedad, de los bienes que consigue, del motivo del trabajo que le llevó a poder acceder a esos bienes y los fines que pretendĆa satisfacer, simplemente no puede actuar de acuerdo con su propio juicio. Si no hubiera pensado nada, no hubiese buscado satisfacer ningĆŗn fin a travĆ©s del esfuerzo de su mente, el mismo resultado se darĆa: ningĆŗn valor serĆa posible. La fuerza hace imposible la bĆŗsqueda de valores, por tanto, la moralidad.
La fuerza no puede cambiar y alterar los procesos mentales que una persona sigue, sólo puede hacer que estos procesos se detengan en absoluto, puede hacer que la mente de un hombre se detenga por el miedo, pero no puede convencerlo de que lo que Ć©l considera conclusivo de una verdad, en verdad no lo es. Todo lo mĆ”s que la amenaza de fuerza o el uso de la fuerza puede hacer es convertir a un hombre en un robot ciego, despersonalizarlo, hacerle imposible usar su mente y actuar de acuerdo con su juicio. Pero al hacer eso asĆ, un hombre es colocado en una posición imposible: por un lado, la realidad le exige que actĆŗe de acuerdo con los hechos y segĆŗn su mejor juicio, por otro, el agresor le exige que actĆŗe contra su propio juicio si quiere conservar su vida. Pero la alternativa solo tiene un resultado posible: muerte. Muerte decretada por el agresor si se mantiene firme en su juicio, muerte producida por la realidad si uno no se atiene a los hechos.
Por Ćŗltimo, a partir de esta discusión se hace evidente que, si la moral es necesaria para vivir y la fuerza niega la moralidad de raĆz, ningĆŗn hombre le debe un comportamiento moral a cualquiera que lo mantenga sujeto a su voluntad por medio de la fuerza. En efecto, si un hombre decide tratar a otros por la fuerza, se coloca fuera del Ć”mbito de la moralidad, se convierte como dice Ayn Rand en un asesino metafĆsico, en un hombre que actĆŗa sobre
la base del principio de la muerte, de hacerle a otros hombres imposible el objetivo de vivir.
Por tanto, lo que la moral le exige a un hombre que es vĆctima de la fuerza es que la rechace. Como dice Rand: Cuando alguien me trata por la fuerza, le contesto por la fuerza. Las mismas razones que hacen del inicio de la fuerza un mal, hacen un imperativo moral, el derecho de un hombre a defenderse por la fuerza como represalia para librarse de la fuerza que otros han iniciado contra Ć©l: la legĆtima defensa de su vida y sus valores (Peikoff, 1993).
Eso significa que en un sistema socialista o aún un sistema socialdemócrata uno no les debe honestidad a sus opresores: uno no estÔ obligado moralmente a cooperar con ellos para hacer posible la opresión que sobre ejercen. Uno no estÔ obligado, por ejemplo, a revelar hechos a la Hacienda Pública que faciliten el cobro de impuestos a sus expensas; a decir la verdad a una dictadura que usa esa verdad como herramienta de poder; a decirle la verdad al ladrón o al asesino que intenta hacer daño.
En el momento en el que un hombre inicia la fuerza contra otros, no puede reclamar que otros respeten sus valores, porque él se ha colocado en relación con otros, en unos términos en el que la búsqueda de valores se hace imposible.
El interĆ©s propio egoĆsta de un hombre, su amor a su vida, a sus valores, a su mente, le exigen que entregue voluntariamente estos para que sirvan como herramientas de su propia destrucción. Entonces mentir se convierte en un acto virtuoso, en el acto virtuoso de conservar los valores frente a quienes usan la fuerza y hacen imposible los valores.
Referencias bibliogrƔficas
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*Licenciado en Derecho