Estudios Libertarios. Vol. 1 (2018).

MIGUEL ROLDÁN*
En el presente trabajo se pretende examinar la naturaleza de la virtud de la honestidad, en general, y de la mentira a otros, en particular, mediante una comparativa de la visión filosófica del kantismo, el utilitarismo y el objetivismo, haciendo énfasis en las diferencias que existen entre las tres corrientes de pensamiento.
- La honestidad y el derecho a mentir según Immanuel Kant
Para Kant (2002) la moral es un asunto puramente formal de actuar conforme a unas reglas que simplemente se consideran buenas porque son esas reglas y que uno tiene el deber de actuar conforme a ellas. Esta tesis, por tanto, divorcia la moralidad de la vida, del disfrute de la vida y de hecho hace que un hombre no pueda, en tanto se ocupe de sus asuntos trascendentales o cotidianos, guiarse por normas morales que nada tienen que ver con el papel y el objetivo de la moralidad según el filósofo alemán.
Es decir, Kant defiende una visión intrínseca de las normas morales. Las normas morales son buenas en sí mismas, por sí mismas y en aras de sí mismas, su cumplimiento es un fin absoluto no sujeto a ninguna consideración adicional más allá del hecho de cumplir con la regla. Así, por tanto, Kant considera que un hombre no puede mentir en ninguna circunstancia, porque de hacerlo, entonces ese hombre está actuando con base en consideraciones particulares, en lugar de ser leal a la universalidad de la regla. Si un hombre considera bueno mentir en determinadas circunstancias, de acuerdo con Kant, ninguna promesa puede ser mantenida, porque de esa manera las reglas morales dejarían de ser un absoluto como poder motivador de la conducta.
De ahí que para Kant mentir por consideraciones de utilidad para uno mismo o para otro, de bienestar personal, sea inmoral y, por ende, no pueda hacerse. Así, si alguien busca a una persona que tienes escondida para matarla, de acuerdo con Kant debes revelar su ubicación, pues lo contrario sería faltar a la universalidad de la regla moral. Ejemplo típico: Si un agente de policía de una dictadura totalitaria te insta a que le facilites una información que les ayudará a encontrar y a asesinar a un inocente, la moralidad kantiana te dirá que no tengas en cuenta los efectos que eso pueda tener en la vida de la persona que va a ser asesinada, ni que tengas en cuenta que si tú has escondido a esa persona siguiendo el deber kantiano de conservar la vida tanto en ti mismo como en otros, vas a ser asesinado, considerar los perjuicios que revelar la verdad tendrá en ti.
También eso aplica a la Hacienda Pública. Si Hacienda te pide que declares tu capacidad económica y tu patrimonio, de acuerdo con Kant, los efectos adversos que eso tenga en tu propiedad son irrelevantes, y debes decir la verdad, porque lo contrario sería faltar a la universalidad de la regla, al imperativo categórico.
En cuanto a las llamadas mentiras piadosas o mentiras blancas, Kant dice que igualmente están prohibidas, sobre la base, como hemos visto que se atacaría a la universalidad de la regla moral que indica: no debes mentir. Una regla que es universal por ser a priori, por no tener en cuenta circunstancias particulares de tiempo, lugar, personas, inclinaciones, fines y demás específicos y que varían de individuo a individuo y de circunstancia a circunstancia.
Por tanto, las consecuencias que se siguen de la visión kantiana de la moralidad son gravemente nocivas para la vida, puesto que ordena cumplir con la moralidad sin considerar el bienestar o el malestar que resulte de las acciones ejecutadas, debe aplicarse la regla mecánicamente y tener la satisfacción de que se ha cumplido con el deber, pero sin tener inclinación o deseo de cumplir con ese deber.
Este tipo de teoría, como dice, Ayn Rand, es la que le da mala fama a la moralidad, pues nadie puede cumplir con ella si pretende vivir. La moralidad kantiana no le da importancia a la vida, a la felicidad, a los valores que uno pueda encontrar en la existencia, todo eso debe ser dejado de lado, en aras de cumplir con reglas de moral simplemente por ser reglas de moral, excluyendo a la moral de cualquier consideración práctica e invitando a todo hombre con autoestima a renunciar a la moralidad.
2. La ética de la honestidad y el derecho a mentir desde el utilitarismo
En la ética utilitarista hay dos nociones sobre la búsqueda de la utilidad o el placer o la conveniencia práctica como estándar de valor, a saber, una noción individual y otra social.
La individual guarda relación con el hedonismo, aunque no son similares. El hedonismo sostiene que el placer es el estándar de virtud, todo aquello que a uno le de placer o sienta que le de placer, es lo bueno y debe hacerlo, todo aquello que le disguste es malo y no debe hacerlo. El utilitarismo individualista considera que uno debe hacer aquello que le conviene o le sea útil o sea práctico para lograr sus fines (Bunge, 2010).
El utilitarismo social sostiene que el estándar es lo que es útil para la sociedad o lo que, dé placer o felicidad a la sociedad, este principio es resumido en la máxima de Jeremy Bentham: la mayor felicidad para el mayor número.
El problema de esta teoría ética es ¿Cómo determina uno lo que es placentero o doloroso para la mayoría, y lo que es útil o práctico? Incluso en la vertiente individualista, tampoco se responde cómo determinar el interés práctico de uno.
Es más, de acuerdo con la visión metafísica y epistemológica implícita en la ética subjetivista del utilitarismo, es imposible tal estándar y finalmente el capricho de una élite social es la que determinará y hará los cálculos de placer y de dolor convirtiéndose en los voceros de la sociedad.
Podemos ver que la ética utilitarista lleva a conflictos irresolubles, pues, si el deseo, el placer o la conveniencia subjetivamente considerada de cada cual o de una mayoría son el estándar, eso significa que no hay modo de establecer qué deseos, utilidades e intereses han de primar y cuáles han de ser sacrificados, salvo el recurso a la violencia para acallar a los disidentes por parte de quienes tienen el poder para imponer los criterios de placer
o dolor a los demás miembros de la sociedad.
No hay manera de determinar qué es lo útil o lo conveniente si la realidad no es un absoluto firme, y si no hay un estándar para determinar lo que es útil o no, y una respuesta a por qué uno debe perseguir algo cómo útil y como se estima que es útil más allá de un capricho.
En la ética utilitarista individual estaría permitido que un hombre mienta, rompa sus promesas o traicione a otra persona si así lo considera placentero o de interés práctico, o lo juzga conveniente de acuerdo a las necesidades del momento, lo cual, hace imposible actuar a largo plazo, e imposible unas relaciones armoniosas con otros hombres. Por ende, el decir o la verdad o mentir sería algo dejado al capricho omnipotente del individuo implicado en el acto de mentir o decir la verdad.
En la ética social utilitarista, uno puede mentir si lo considera bueno para la mayoría. Si uno considera que es útil o práctico o de interés para una mayoría ser objeto de mentiras y lo justifica diciendo que es por su propio bien, puede mentir y los gobernantes pueden hacer uso de las mentiras en aras de mantener el nebuloso bienestar social.
Es más, puede ser sacrificado cualquier individuo honesto que valore la verdad si eso se juzga como contrario a las conveniencias sociales o exigir a un individuo que diga la verdad en cualquier circunstancia, aunque eso pueda ser contrario a su propio interés, por ejemplo, que diga la verdad sobre su patrimonio a la Hacienda Pública para que esta pueda devorar sus bienes en base a impuestos abusivos.
3. Ética objetivista de Ayn Rand y su visión de la honestidad y de la mentira
La ética o moralidad de Rand deriva de su metafísica basada en la primacía de la existencia (1971, 1982, 1989) y de su epistemología basada en la supremacía de la razón como medio para conocer la realidad (1979).
Ahora bien, dado que sólo existe una realidad, la que percibimos por los sentidos, y dado que las cosas son lo que son, A es A, ¿Qué hecho de la realidad da lugar y hace posible la moralidad?
Si nos fijamos en todos los códigos de ética desde oriente hasta occidente, lo que tienen todos ellos en común es que se refieren a cómo ha de actuar el hombre y qué fines ha de perseguir.
La moralidad por lo tanto trata con fines, metas u objetivos. Ahora bien, en la realidad el único hecho que da sentido y hace posible perseguir metas, fines u objetivos, es la vida.
Los seres vivientes fijan su propia vida como estándar o fin último que justifica las acciones que emprenden y los fines, metas u objetivos secundarios que sirven para el mantenimiento de la vida. Por lo tanto, la vida es la alternativa fundamental que enfrentan determinadas entidades y que hace posible y necesaria la fijación de metas, alternativas que enfrentan para adoptar un determinado curso de acción u otro.
Ahora bien, el hombre como ser vivo dijimos que era un ser de consciencia volitiva, es decir, sus acciones no están determinadas necesariamente por factores antecedentes, él es libre de actuar, ese hecho metafísico es crucial, pues diferencia al hombre de los demás seres vivos o seres animados en el hecho de que tampoco hay un curso automático que él persiga ineludiblemente, él tiene la capacidad de autodeterminar sus acciones por medio de su voluntad.
Otro hecho de la realidad es que el hombre no puede sobrevivir basándose en su mera percepción, el uso de la razón, el integrar material perceptual en conceptual, también es su medio de supervivencia, de mantener su vida. La formación de conceptos, la generación de ideas y en definitiva el uso de su facultad racional tiene un objetivo:
asegurar el mantenimiento de su propia vida: La razón es su herramienta básica de supervivencia.
El hombre no tiene por tanto una programación automática de lo que favorece su vida y lo que la daña, sino que debe descubrir lo que le favorece y lo que le perjudica por medios conceptuales, es decir, a través del ejercicio de la razón, el resultado de esos descubrimientos son un tipo de principios conceptuales cuyo contenido está directamente dirigido a identificar que cosas son buenas o malas para promover su vida, es decir, a identificar las cosas como valiosas o dañinas para su vida, y ese conjunto de principios conceptuales es la moralidad.
Por consiguiente, la necesidad de moralidad del hombre deriva del hecho de que siendo un ser de consciencia volitiva que no puede obtener por medios puramente perceptuales el conocimiento que necesita para sobrevivir, que no tiene un conocimiento de cuáles son los valores que promueven su vida y aquello que no constituye valor o que milita contra su propia vida, necesita descubrirlo por sí mismo, por tanto, necesita formular un código de moralidad.
Un valor es, en consecuencia, toda aquella cosa de la realidad que por su naturaleza sirve para promover la vida humana. Y el estándar de valor y al mismo tiempo el valor supremo de la moral humana es todo aquello que promueve su vida, pero no la vida a cualquier precio, sino la vida de un ser racional. Dado que es la razón la que le permite identificar cuáles son los valores que promueven su propia vida, así, un hombre no puede saber en base a sus sentidos que determinada seta del campo es buena o es venenosa, necesita desarrollar la ciencia de la micología, el análisis en laboratorio, todo ello presupone el uso de la razón, incluso en los estadios más simples de la humanidad, el hombre debía observar a animales comiendo determinadas cosas y rechazando otras, para así llegar a una conclusión acerca del efecto benéfico o maléfico de tales cosas para su alimentación, y más tarde asegurando su conocimiento por medio de la ciencia química.
Todo ello presupone que la identificación de una cosa como buena o como mala debe hacerse por medio de la razón, la identificación de los valores es conceptual, por tanto, racional. Eso presupone una teoría objetiva de los valores, los valores no son producto de un mero proceso de consciencia, ni de sentimientos, es decir, subjetivos o determinados de forma caprichosa o ciegamente emocional, la realidad es la que es, pero tampoco son intrínsecos, es decir, algo que le venga al hombre dado automáticamente, sino que él debe usar su facultad conceptual para descubrir los valores.
Dice Rand que, para perseguir el valor de la vida, el hombre tiene que perseguir tres valores cardinales: la razón, el objetivo y la autoestima (Peikoff, 1993).
El valor de la razón es la búsqueda del hombre de comprometerse en el desarrollo de su facultad racional, de cultivar el poder de su razón, de constantemente incrementar el conocimiento conceptual de la realidad para saber qué es bueno para su vida (Peikoff, 1993).
El valor del objetivo consiste en fijar la propia felicidad, la felicidad como estado de florecimiento, de búsqueda de valores que sustenten su vida y haga que su vida valga la pena. La felicidad como el producto de haber logrado valores racionales. (Peikoff, 1993).
Y la autoestima como resultado de buscar la razón para incrementar su poder y control sobre la realidad, y la felicidad como impulso de sus acciones tendentes a lograr valores, conduce a buscar en el hombre el valor de considerar que su mente es competente para pensar y resolver los desafíos de la vida y él es digno de ser feliz. Por tanto, la autoestima como resultado de considerar la razón y la felicidad como valores absolutos que ha de
perseguir para sustentar el valor supremo de su propia vida (Peikoff, 1993).
La búsqueda de esos valores conduce al hombre a practicar ciertas acciones que son idóneas para obtener esos valores, esas acciones son acciones virtuosas, y las virtudes básicas o cardinales orientadas a la consecución de los valores cardinales antes mencionados, son la racionalidad como virtud básica, y seis virtudes auxiliares que
implica el ejercicio de la racionalidad enfocada en ciertos aspectos de las acciones del hombre y de la realidad. A saber, independencia, integridad, honestidad, justicia, productividad y orgullo (Peikoff, 1993).
La racionalidad como virtud básica es el poner la razón como único absoluto, es el reconocimiento de que la existencia existe, de que las cosas son lo que son, es el compromiso de pensar, de no evadir la realidad, de orientarse en la identificación de los hechos de la realidad, de reconocer que todas las acciones, metas, objetivos y valores del hombre tienen lugar en la realidad y de reconocer que debe usar su razón para identificarla y actuar en ella, de que debe usar la razón y ser consciente y estar enfocado en la búsqueda permanente de valores concordes con los hechos de la realidad de forma permanente en todas las horas de vigilia. Es decir, ejercitar la razón en cualquier instante de su vida, de constantemente incrementar su conocimiento para poder buscar valores (Peikoff, 1993).
Esa virtud básica que puede resumirse en pensar encuentra seis manifestaciones que son aspectos específicos de la aplicación de la virtud de la racionalidad, del ejercicio de la razón. A saber: la independencia, la integridad, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo.
En este artículo nos ocuparemos únicamente de la honestidad, por ser nuestro objeto de análisis. En La Rebelión de Atlas, Ayn Rand (1957) la describe de la siguiente manera:
Honestidad es el reconocimiento del hecho que lo irreal es irreal y no puede tener valor, que ni amor ni fama ni dinero son un valor si se obtienen por fraude – que la tentativa de ganar un valor engañando la mente de otros es un acto de elevar a tus víctimas a una posición por encima de la realidad, donde tú te conviertes en un peón de su ceguera, un esclavo de su no-pensar y de sus evasiones, mientras que su inteligencia, su racionalidad, su capacidad de percepción se convierten en los enemigos que debes temer y eludir – que no te importa vivir como un dependiente, y peor aún, como un dependiente de la estupidez de otros, o como un tonto cuya fuente de valores son los tontos a los que consigues atontar – que la honestidad no es un deber social ni un sacrificio por el bien de los otros, sino la virtud más profundamente egoísta que el hombre puede practicar: el negarse a sacrificar la realidad de su propia existencia a la ofuscada consciencia de otros.
Desarrollemos entonces cada una de las proposiciones contenidas en ese párrafo de su novela cumbre.
En primer lugar, la honestidad como hemos dicho significa, el rechazo de lo irreal, el reconocimiento de que uno no puede ganar valores a través de la irrealidad. Ayn Rand aquí conecta la virtud moral de la honestidad, la ética con su metafísica. En efecto, si La realidad existe como algo absoluto y objetivo, si los hechos son los hechos, y existe con independencia de la consciencia, si la consciencia no puede alterar los hechos de la realidad, sino que su función primordial es percibirlos, entonces, pretender que los hechos son diferentes a como son, no alterará la naturaleza las cosas, no modificará la realidad.
Pero la honestidad también implica un asunto epistemológico, el compromiso de un hombre a usar la razón, la razón como facultad para percibir e identificar los hechos, de ahí que la honestidad sea un aspecto de la racionalidad, del compromiso de usar la razón, de orientar tu consciencia de acuerdo con su naturaleza objetiva, que es la de percibir los hechos, no la de crearlos o inventarlos.
En efecto, la honestidad presupone vincular el reconocimiento de que Las cosas son lo que son con independencia de nuestra consciencia y que la función de la consciencia es percibir los hechos, que debemos conocer los hechos a fin de poder actuar en el mundo, a fin de perseguir valores.
La honestidad, igualmente está conectada especialmente con la Ley de causalidad, cada cosa actúa de acuerdo con su naturaleza. Si el hombre ha de perseguir valores, él debe ejecutar las acciones causalmente conectadas con la promoción de esos valores, en consecuencia, él no puede falsificar la realidad, no puede inventar que un cierto efecto provocará cierta causa, sin en verdad, no es así.
Los valores son lo que son, lo que tiene valor tiene valor, lo que no tiene, no lo tiene, y el hombre reconociendo ese hecho, y reconociendo una relación causal entre la naturaleza de las acciones que puede tomar por elección y la naturaleza valiosa de las cosas, entonces orienta su consciencia a identificar los hechos y actuar en conformidad a ellos, la racionalidad, y como corolario, él rechaza quebrantar el vínculo entre consciencia y existencia, rechaza quebrantar el vínculo causal entre las acciones que toma y los valores que puede perseguir, y ese rechazo a quebrantarlo implica no pretender que las cosas son diferentes a como son.
La razón de que uno no puede crear una realidad paralela y vivir de espaldas a la que existe, es el hecho de que la existencia existe, de que la realidad no puede ser borrada, pero el que intente borrarla, será borrado. La realidad borrará al borrador, como dice Ayn Rand.
Esto nos lleva al tema de la mentira. Contrariamente a lo que la mayoría de los moralistas sostienen, la honestidad no es un deber social como nos indica brillantemente Rand. Uno no ha de ser honesto simplemente para complacer a otros, o para no herirlos o dañarlos. La perspectiva de ser honesto o no, no está orientada primordialmente hacia los demás, como por otra parte tampoco lo está ninguna otra virtud. El propósito primordial de practicar la virtud de la honestidad es egoísta, es asegurar el éxito en la búsqueda, obtención y conservación de los valores que hacen posible la vida.
Este principio es capital. Si la honestidad no es un deber social, ni tampoco un favor o una actitud benevolente que uno concede a otros, eso significa que con independencia de si otros pueden verse confundidos o engañados por las propias acciones deshonestas de uno, eso no hará exitoso el desafío de los hechos de la realidad y por tanto, que igualmente engañar a otros, no sirve de nada, porque no altera los hechos, la mentira no altera la realidad.
Pensemos en las llamadas mentiras piadosas o mentiras blancas. Tanto Ayn Rand como Kant se oponen a las llamadas mentiras blancas o piadosas, Ayn Rand dice que no existen las mentiras blancas, sino tan sólo la negra destrucción. Pero las razones o los fundamentos por los cuales Ayn Rand se opone a convalidar o sancionar moralmente las llamadas mentiras blancas o piadosas es opuesta a la de Kant.
La justificación que Ayn Rand da a rechazar el valor de la mentira piadosa o blanca, es la mismo que hemos estado viendo hasta ahora: mentir no sirve, no funciona, no altera los hechos, no beneficia al sujeto al que se le miente.
Supongamos que queremos mentirle a una persona porque pensamos que le ahorramos conocer una verdad que le resulta desagradable. Bien, el hecho de que esa persona no conozca la verdad, no la cambiará, no hará que esa verdad deje de ser verdad, y que los hechos dejen de existir y de influir en su vida. Si una persona contrae una enfermedad muy grave que finalmente conducirá a su muerte, eso no hará que la enfermedad desaparezca, el decirle que no es grave, que se pondrá mejor, que se recuperará, no hará que se recupere, no evitará el final, los hechos son lo que son, A es A, como venimos diciendo.
Una mentira blanca es tan absurda e ilógica por principio como si a alguien se le dijera que la Ley de la gravedad no existe por temor a que el conocimiento de las leyes de Newton le resulte un hecho desagradable que preferiría no saber.
Distorsionar la evidencia, no altera la realidad. No conocer un hecho, no hará que este no tenga efectos en su vida. Y más aún, impide que la persona pueda actuar eficazmente en la medida que pueda, por ejemplo, celebrar un testamento en donde arregle la disposición de sus bienes para el caso de muerte, con los consiguientes perjuicios ocasionados por ello a futuros herederos.
La consciencia no crea la realidad, hagamos énfasis en ello una vez más. Rand dice que sólo existe la negra destrucción. Es decir, la mentira solo sirve para impedir que una persona tenga el conocimiento necesario de los hechos para actuar eficazmente, con independencia de cuán desagradable pueda ser conocer un hecho, es necesario conocerlo si uno quiere asegurar el éxito en la consecución de los propios objetivos y la obtención de valores.
En el ámbito puramente político, la honestidad igualmente es necesaria. Si las personas falsifican la realidad y creen que políticas keynesianas, inflacionistas y expansivas del crédito y reducción de los tipos de interés por debajo de los que habrían prevalecido en el mercado, va a traerles prosperidad, lo cierto es que no va a ser así.
Si sabemos, de acuerdo con la ciencia económica que el tipo de interés crediticio refleja objetivamente la diferencia entre la mayor valoración de los bienes presentes con respecto a los futuros, y eso nos indica hasta qué punto existe ahorro disponible para acometer procesos productivos que requieren una alta inversión en capital, distorsionar los tipos de interés y fingir que hay mayor volumen de ahorro del que realmente hay en la economía,
sólo traerá destrucción de capital, malbaratamiento de los factores de producción, inmovilización de los mismos, que en el caso del factor trabajo conlleva desempleo masivo, y no conseguirá la tan ansiada prosperidad. Ser deshonesto no alterará la realidad.
En efecto, si de acuerdo con la Ciencia económica, el ahorro, es decir, la renuncia voluntaria a consumir bienes en el presente para hacer posible un consumo futuro mayor, es escaso y se refleja en un tipo de interés elevado, lo cual indica escasez de capital, la expansión del crédito reduciendo el tipo de interés, no hará que el ahorro necesario esté disponible, meramente provocará una demanda excesiva de crédito, de capital, que la oferta real no es capaz de satisfacer, provocará al principio un auge en el precio de los factores de producción, fruto de la mayor demanda inducida por ese crédito, pero los factores son escasos, subirá el precio, pero habrá proyectos que no podrán realizarse por falta de capital, y no sabremos si esos proyectos serían rentables, al mismo tiempo que se intentará realizar proyectos que no serían rentables puesto que no serían altamente valorados a largo plazo. Se procedería a ciegas, hasta que finalmente la escasez de capital tenga que revelarse cuando no esté disponible el crédito para seguir comprando o finalmente tenga lugar una hiperinflación que destruya la moneda y provoque el caos económico al no ser capaz de orientarse en función de precios que ya no desempeñan su función de guías del proceso económico. La realidad se mostrará en toda su crudeza.
O las políticas de previsión social que encarecen los servicios públicos, ofreciéndolos en menor cantidad y de menor calidad, las subvenciones que retiran dinero de personas productivas para ponerlas en manos de incompetentes, todo ello reducirá el nivel de vida de la población.
Ahora bien, se plantea generalmente la tesis acerca de si después de todo, la honestidad podría abandonarse en caso de que uno tuviera éxito embaucando a otros, consiguiendo valores inmerecidamente a través del fraude o del robo.
Bien, observamos que lo que en primer término el ladrón o el estafador pierde, es su independencia, es decir, su capacidad de estar orientado a la realidad, y pone su preocupación en la consciencia de otros hombres, hombres de los que tiene que ocultarse o bien a los que tiene que cegar con respecto al conocimiento de los hechos.
Si es un ladrón y se oculta entonces él tiene constantemente en cada momento procurar observar si alguien puede delatarlo, en cuyo caso su actitud será de permanente desconfianza hacia otros, lo cual le lleva a tener que relacionarse con personas de la misma clase que él.
Eso implica exponerse a sufrir la deshonestidad de esos otros. ¿Cómo va a confiar en personas que igualmente están dispuestas a engañarlo o podrían hacerlo en cualquier momento? Si trata con personas honestas, entonces tienes que ocultar su pasado, y eso le lleva a temer el conocimiento de los otros, tendrá por tanto que elaborar mentiras y a las posibles pesquisas que personas con las que tenga un trato duradero, puedan hacer, tendrá que urdir nuevas mentiras que sostengan las anteriores, ya que los hechos se convierten en la amenaza a sus acciones fraudulentas.
Pensemos en que esa misma persona ha robado un banco, quiere gastar el dinero, pero gastar el dinero presupone que haya personas capaces de producir bienes y servicios en los que ese dinero puede ser gastado, y eso requiere honestidad y productividad, las mismas virtudes que él desafía. Requiere hombres productivos. Al mismo tiempo para que existan esos hombres, deben estar protegidos eficazmente contra hombres como él, pero una mayor protección lo expone al riesgo de ser descubierto y detenido.
Por otra parte, en cualquier momento tendrá que cambiar sus objetivos, si quiere comprar una casa no podrá hacerlo, puesto que debe estar preparado para huir si dan con él para detenerlo, consumirá el dinero que ha obtenido en sus “golpes”, tendrá que planificar nuevos golpes arriesgados, por tanto, no podrá tener una vida estable en ningún lugar, víctimas demasiado cerca son un riesgo para él, lo que llevará a ser un vagabundo
permanente.
En conclusión, el hombre ha de ser honesto porque las cosas son lo que son, porque dado que el hombre vive en la realidad, actuar contra la realidad no funcionará, uno no puede alterar la realidad, cualquier valor que uno pueda obtener de ella, requiere contar con los hechos y seguir una política orientada a los hechos, (independencia), a no buscar lo inmerecido, lo que uno no ha ganado, justicia, y le exige que él esté en control de la realidad, dominando la naturaleza para crear valores materiales.
Hay un solo acto que inequívocamente niega la raíz y la base de toda moralidad: la fuerza física.
Iniciar el uso de la fuerza física contra otro hombre socava la raíz y la base de toda moralidad. Al derivar la moralidad del ejercicio de la razón, el uso de la fuerza niega la moralidad al impedir al hombre ejercer su juicio.
Emplear fuerza física o amenaza de fuerza impide que un hombre pueda actuar de acuerdo con las conclusiones que le dicta el juicio de su mente, sea cual sea el propósito o motivo que tenga el agresor, interponer la fuerza física entre la mente de otro hombre y la realidad, es hacerle imposible ejercer su herramienta básica de supervivencia.
Concretemos esto: un hombre es interceptado por otro que le exige a punta de pistola que le entregue todos los objetos de valor que lleva encima, ante esa amenaza, la víctima entrega el dinero y demás posesiones de valor que lleva consigo.
Observemos lo que ha sucedido aquí: un hombre posee bienes de valor porque de acuerdo con su juicio, esos bienes son necesarios para poder vivir, él los considera de valor, de lo contrario, no los tendría en su poder, él quiere retener su propiedad y usarla como mejor disponga, porque concluye que es bueno poseer bienes y dedicarlos a los fines que él estime convenientes, y así concluye de acuerdo con el juicio de su mente que conservar estos bienes en propiedad es bueno. Entonces llega otro hombre armado y le pone la siguiente alternativa: o tus bienes o tu vida. Pero la víctima sabe que necesita esos bienes para vivir, entonces el ladrón lo coloca en una situación imposible: si cede a las demandas del ladrón, entonces pierde lo que de acuerdo al juicio de su mente es bueno para prosperar, sus bienes, sus riquezas, pero si no cede, entonces el ladrón destruye el valor supremo que es su vida, y que está en la base de todos sus valores. El ladrón no discute, no argumenta, simplemente esgrime un arma.
Al hacer eso, está haciendo irrelevante cualquier conclusión que un hombre pueda haber alcanzado sobre el valor de la propiedad, de los bienes que consigue, del motivo del trabajo que le llevó a poder acceder a esos bienes y los fines que pretendía satisfacer, simplemente no puede actuar de acuerdo con su propio juicio. Si no hubiera pensado nada, no hubiese buscado satisfacer ningún fin a través del esfuerzo de su mente, el mismo resultado se daría: ningún valor sería posible. La fuerza hace imposible la búsqueda de valores, por tanto, la moralidad.
La fuerza no puede cambiar y alterar los procesos mentales que una persona sigue, sólo puede hacer que estos procesos se detengan en absoluto, puede hacer que la mente de un hombre se detenga por el miedo, pero no puede convencerlo de que lo que él considera conclusivo de una verdad, en verdad no lo es. Todo lo más que la amenaza de fuerza o el uso de la fuerza puede hacer es convertir a un hombre en un robot ciego, despersonalizarlo, hacerle imposible usar su mente y actuar de acuerdo con su juicio. Pero al hacer eso así, un hombre es colocado en una posición imposible: por un lado, la realidad le exige que actúe de acuerdo con los hechos y según su mejor juicio, por otro, el agresor le exige que actúe contra su propio juicio si quiere conservar su vida. Pero la alternativa solo tiene un resultado posible: muerte. Muerte decretada por el agresor si se mantiene firme en su juicio, muerte producida por la realidad si uno no se atiene a los hechos.
Por último, a partir de esta discusión se hace evidente que, si la moral es necesaria para vivir y la fuerza niega la moralidad de raíz, ningún hombre le debe un comportamiento moral a cualquiera que lo mantenga sujeto a su voluntad por medio de la fuerza. En efecto, si un hombre decide tratar a otros por la fuerza, se coloca fuera del ámbito de la moralidad, se convierte como dice Ayn Rand en un asesino metafísico, en un hombre que actúa sobre
la base del principio de la muerte, de hacerle a otros hombres imposible el objetivo de vivir.
Por tanto, lo que la moral le exige a un hombre que es víctima de la fuerza es que la rechace. Como dice Rand: Cuando alguien me trata por la fuerza, le contesto por la fuerza. Las mismas razones que hacen del inicio de la fuerza un mal, hacen un imperativo moral, el derecho de un hombre a defenderse por la fuerza como represalia para librarse de la fuerza que otros han iniciado contra él: la legítima defensa de su vida y sus valores (Peikoff, 1993).
Eso significa que en un sistema socialista o aún un sistema socialdemócrata uno no les debe honestidad a sus opresores: uno no está obligado moralmente a cooperar con ellos para hacer posible la opresión que sobre ejercen. Uno no está obligado, por ejemplo, a revelar hechos a la Hacienda Pública que faciliten el cobro de impuestos a sus expensas; a decir la verdad a una dictadura que usa esa verdad como herramienta de poder; a decirle la verdad al ladrón o al asesino que intenta hacer daño.
En el momento en el que un hombre inicia la fuerza contra otros, no puede reclamar que otros respeten sus valores, porque él se ha colocado en relación con otros, en unos términos en el que la búsqueda de valores se hace imposible.
El interés propio egoísta de un hombre, su amor a su vida, a sus valores, a su mente, le exigen que entregue voluntariamente estos para que sirvan como herramientas de su propia destrucción. Entonces mentir se convierte en un acto virtuoso, en el acto virtuoso de conservar los valores frente a quienes usan la fuerza y hacen imposible los valores.
Referencias bibliográficas
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Peikoff, L. (1993). Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand. New York: Penguin Group.
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Rand, A. (1957). Atlas Shrugged. New York: Random House.
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¿Cómo citar este artículo?
APA: Roldán, M. (2018). Una comparativa entre el kantismo, el utilitarismo y el
objetivismo sobre la honestidad. Estudios Libertarios, 1, 23-33. Recuperado de
http://www.notaslibertarias.com/wp-content/uploads/2018/09/Article-4_.pdf
Chicago: Roldán, Miguel. “Una comparativa entre el kantismo, el utilitarismo y el
objetivismo sobre la honestidad”. Estudios Libertarios 1 (2018): 23-33.
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Harvard Anglia: Roldán, M. (2018). Una comparativa entre el kantismo, el utilitarismo
y el objetivismo sobre la honestidad. Estudios Libertarios, [en línea] 1, pp. 23-33.
Disponible en: http://www.notaslibertarias.com/wp-content/uploads/2018/09/Article
4_.pdf.
*Licenciado en Derecho