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La deflación en el Ecuador: Una visión conjunta desde la Escuela Austriaca y la Ingeniería Industrial

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Quinde, L. (2019). La deflación en el Ecuador: Una visión conjunta desde la Escuela Austriaca y la Ingeniería Industrial. Estudios Libertarios, 2, 28-45.

LEONARD DE JESÚS QUINDE ALLIERI*


Abstract

Ecuador is a country that has been dollarized since 2000, the fact of not having its own currency carries great challenges for Ecuadorian politics, including the emergence of the first deflationary process in several decades. For most experts, deflation is bad news because it causes people to reduce their current consumption to take advantage of their wealth more efficiently in the future, which presumably leads to less economic dynamism. Governments often use this idea as a pretext to promote centrally planned inflationary policies.

With this work, we intend to dismantle this monetary collectivism by exposing the benefits of deflation based on the ideas presented by two thinking approaches: the Austrian School of Economics that, based on praxeology, explains the nature of money and the reason for monetary processes ; and Industrial Engineering, whose tools can be emulated to respond to economic phenomena without the need for central planning.

In this investigation we rescued the argument of the book “Principles of Scientific Administration”, by Frederick Taylor, considered the father of industrial engineering, against state intervention, and theoretically proved that the tools of process analysis would allow companies to cope deflationary processes reducing costs without sacrificing efficiency and productivity.

Keywords: Economic history of Ecuador; Deflation; Austrian School of Economics; Money; Industrial Engineering; Efficiency; Productivity.

JEL Classification: B53; D24; E31; E42; N16

Receipt date: August 13, 2019.

Acceptance date: December 5, 2019.

  1. Introducción

Los países que promueven libertad económica ofrecen mayor cantidad de oportunidades y, por ende, tienen mayor desarrollo económico, al contrario de aquellas naciones que defienden medidas proteccionistas. Así lo afirman estudios de Heritage Foundation y Fraser Institute, organizaciones que cada año desarrollan índices de libertad económica (Miller & Kim, 2015, p. 16; Fike, 2018, p. 13). Los países con menor crecimiento económico y más pobreza también son los que enfrentan mayores desafíos para alcanzar desarrollo social, como es el caso de los objetivos de desarrollo sostenibles que se han convertido en todo un reto para las economías cerradas (SDG Index, 2018). Impulsar entornos de libertad y desarrollo individual brinda recursos e incentivos para alcanzar altos niveles de desarrollo social (Dorn, 2005, p. 16). No obstante, el individualismo y el gobierno limitado son conceptos controversiales, especialmente en América Latina, puesto que las élites políticas han sabido difundir con éxito mensajes contrarios que aseguren su permanencia en el poder.

La colectivización ha sido su principal herramienta, un mecanismo perverso que se ha impuesto en nuestras sociedades mediante políticas públicas clientelistas suprimiendo al individuo y su valor, imponiendo las reglas del juego de las sociedades en cada ámbito de convivencia (Schaefer, 2006, p. 8-9). Como se expone en el transcurso de este ensayo, esa abstracción y olvido de los individuos ha resultado en su incapacidad de actuar y tomar decisiones libremente. Ya sea en temas laborales, de género, fiscales o monetarios, las autoridades centrales se han posicionado como el intermediario o facilitador del equilibrio entre un grupo opresor y uno reprimido. Este trabajo aborda, en particular, la política monetaria y demuestra que no es más que otra herramienta colectivista para disminuir las capacidades de los individuos, en este caso financieras y adquisitivas, y a la larga perjudicar la productividad económica.

  1. Las políticas públicas y la supresión del individualismo

Es preciso considerar que colectivizar es una habilidad natural en los seres humanos y nace de nuestra capacidad para reconocer patrones. Cuando identificamos los mismos principios, valores, gustos, e incluso sentimientos —como el patriotismo o ser hincha de algún equipo— en otras personas, tendemos a formar comunidades que se perciben por los demás como un todo. Esta habilidad es producto del desarrollo evolutivo, puesto que nos sirve como mecanismo para transferir conocimiento de una generación a otra y permitir que las “buenas” prácticas que nos han llevado al éxito en generaciones anteriores se perpetúen en el tiempo, incrementando nuestras probabilidades de supervivencia y mejorando nuestra calidad de vida (Morris, 2003).

No obstante, cuando “las comunidades” acuden a la centralización o al asistencialismo para lograr sus metas, su desarrollo se vuelve poco sostenible en el tiempo. Entonces, una entidad asume la idoneidad para controlar e imponer su voluntad sobre la de los demás individuos. En lugar de que el intercambio y los acuerdos voluntarios prevalezcan, los ámbitos de convivencia se empiezan a delimitar con marcos normativos, que van desde cómo comportarse dentro de la comunidad hasta cómo cultivar los alimentos y cómo educar a nuestros hijos. Mejorar la calidad de vida y prosperar se vuelve algo más distante para los individuos, porque tienen que hacer trámites y pasar por uno y otro intermediario para que su voz sea escuchada, si es que antes no la censuran.

Es por eso que, a pesar de que los simpatizantes de cada corriente se distingan por sus causas o construyan su identidad a partir de las diferencias con los demás, todos tienen un mismo origen. El economista austriaco, Ludwig von Mises (2008) identifica una característica inherente de todos los colectivismos: la creación de una entidad sobrehumana, a la cual los individuos deben someterse. Un Dios, el gobierno, un personaje o incluso el banco central se convierten en el eje de un grupo de personas que —no siempre de forma voluntaria— restringen sus campos de acción. Mientras tanto, se sienten más seguros en un ficticio espacio sin riesgos, en una zona de confort donde incluso pierden el protagonismo de sus actos.

En la estructura y sistema del Estado-nación, las órdenes se traducen en lo que entendemos como políticas públicas, es decir, los proyectos que diseñan los gobiernos para atender las problemáticas que surgen en la sociedad o mejorar las condiciones socioeconómicas del territorio gobernado (Kilpatrick, 2017). Evidentemente, el rol y el alcance de las políticas públicas es un tema de debate entre las distintas escuelas económicas. El politólogo y jurista Emilio Graglia (2012, p. 19-22) considera que los gobiernos deben crear políticas públicas que tengan como fin satisfacer las necesidades de una sociedad. Al contrario, María Blanco (2017, p. 156 – 160), doctora en ciencias económicas y empresariales, explica que las políticas públicas son la forma en la que los gobiernos ejercen su poder en la sociedad para mantener “el orden”. Sin embargo, el uso excesivo de políticas públicas restringe la libertad de los individuos.

Determinar el éxito o el fracaso de las políticas públicas también dependerá de la perspectiva del análisis. No obstante, los acontecimientos históricos como los grandes fracasos del socialismo nos han demostrado cómo los regímenes que implementan las políticas más restrictivas hacia la libertad de los individuos son las que suelen tener los peores resultados (Courtois et al., 1998). Por ejemplo, bajo la óptica de la escuela keynesiana– promulgada por John Maynard Keynes –, al establecer políticas monetarias, los reguladores reemplazan al individuo por abstracciones como la “inversión y la “producción. En otras palabras, se diseñan las políticas públicas y los lineamientos con base en los términos de la ciencia económica, sin tomar en cuenta que quienes invierten y producen son individuos impulsados por su iniciativa y búsqueda de progreso económico. Esas mismas corrientes económicas han hecho del dinero un mecanismo para vaticinar un comportamiento del mercado que consideran adecuado, una vez más ignorando a los individuos y la naturaleza misma del dinero.

En Argentina, Javier Milei (2016) hace mención del mal que le ha hecho el Banco Central a la economía de su país. Antes de su creación en 1935 (Bruchmann & Ferreira, 1935), el crecimiento anual de la masa monetaria estaba alrededor del 3%, a través de las políticas monetarias instauradas en ese mismo año la inflación pasó al 6%. Cuando el gobierno de Argentina estatizó a la entidad financiera completamente en 1946, la inflación subió a más de 224,7% hasta 1991 (BCRA, 2017). Ahora los argentinos se enfrentan a la pérdida del valor adquisitivo constante, junto con una crisis monetaria y financiera que ha obligado al presidente Mauricio Macri a adoptar medidas de austeridad determinantes a pesar de los efectos que éstas puedan tener en la población (Hodgson, 2018).

Milei (2016) también detalla que las economías con un marco de competencia monetaria tienden a ser más exitosas que las que no cumplen con este requisito. Dicha competencia genera lo que se conoce en economía como “monedas fuertes”, porque los individuos en sociedades con monedas fuertes tienen mayor confianza para ahorrar y realizar inversiones. Es decir, tienen mayor facilidad para planificar sus actuaciones el día de hoy y obtener el resultado esperado en el futuro, lo que lleva a altos niveles de productividad, empleo y riqueza.

  1. El surgimiento del dinero: independencia y propiedad privada

A través de un análisis histórico, social y económico, Carl Menger (2009) explica que el hombre económico comienza a utilizar el dinero a medida que reconoce – en un contexto de comercio primitivo y trueque – nuevos alcances del intercambio. El trueque no permitía dividir los bienes ni ahorrar sin que sus pertenencias disminuyeran de valor con el tiempo. Por lo tanto, los individuos buscaron un mecanismo de transacción más objetivo y estable, donde haya una correspondencia en la diferencia de valor entre lo que tienen y lo que desean tener. En un constante proceso de prueba y error, las sociedades utilizaron muchos medios de intercambio para reemplazar el treque, y la discusión permanece hasta nuestros días. Lo importante, sin embargo, es por qué decidimos salir del trueque para migrar a medios de intercambio. Parafraseando a Menger, el fin máximo del dinero es aprovechar las ventajas económicas que se obtienen al explotar todas las oportunidades de intercambio; el fin del dinero no es ser acumulado sin sentido indefinido – aunque haya quienes quieran utilizarlo de esta forma –.

Mises (1936), en La teoría del Dinero y el Crédito, presenta una explicación complementaria a la de Menger sobre la aparición del dinero. Para él, la creación de un medio de cambio presupone un orden económico basado en la división del trabajo (p. 25). Es decir, las personas en el transcurso del tiempo se dieron cuenta que más eficiente era especializarse en alguna actividad e intercambiar con los demás, en lugar de producirlo todo por sí mismos. En consecuencia, los individuos valoraban tanto su ganancia por el trabajo como lo que podían adquirir con ella, e institucionalizaron la propiedad privada. Por lo tanto, los medios de intercambio no son una herramienta creada por los políticos ni mucho menos por el Estado, son una institución creada por los individuos para poder intercambiar entre sí bienes y servicios con el fin de mejorar su calidad de vida.

  1. Del goce del dinero hacia la servidumbre

Cuando los gobiernos se convierten en un ente garantista y protector, cuando empiezan a adquirir más roles de control dentro de la sociedad, el dinero se convierte en un elemento al que deben proteger y controlar al mismo tiempo. Friedrich A. Hayek (2008) en Camino de Servidumbre ilustra cómo la política monetaria puede ser un instrumento estratégico de los gobiernos luego de la guerra, cuando los salarios de los cargos públicos clave eran muy bien remunerados y, por ende, poco sostenibles en el tiempo. La solución más fácil para los gobiernos era, evidentemente, mantener el mismo tamaño del Estado y a sus funcionarios y cubrir los gastos mediante la impresión de dinero. Luego de advertir el riesgo de que los gobiernos asuman mecanismos de coerción, Hayek (2008) advierte el riesgo propio de la política monetaria:

La política encaminada constantemente a lograr el máximo de ocupación alcanzable por medios monetarios lleva a la postre a la destrucción segura de sus mismos propósitos. Tiende a bajar la productividad del trabajo y, por consiguiente, incrementa constantemente la proporción de la población trabajadora que sólo por fines artificiales puede mantenerse ocupada a los salarios corrientes (p. 299).

La manipulación artificial al valor de los medios de intercambio representa uno de los mecanismos más perversos en contra de la propiedad privada de las personas y su libertad. Distorsiona el valor de su propio trabajo y el de los distintos servicios y productos en el mercado, evitando incluso que podamos planificar y proyectarnos hacia el futuro. En definitiva, el valor de nuestro trabajo y nuestro futuro queda atado a la voluntad de los gobernantes de turno, gracias al poder que estos poseen sobre las políticas monetarias.

Antes de la invención del dinero fiduciario, se utilizó metales como medios de intercambio. A pesar de que el patrón oro, por ejemplo, es un esquema potencial que discutimos actualmente para garantizar estabilidad monetaria, ni los metales se salvaron de la creatividad de los gobernantes para manipular su valor. Alberto González García de la Universidad Complutense de Madrid detalla el caso del antiguo Imperio Romano. González García (2011), en La inflación en el Imperio Romano de Diocleciano a Teodosio, llega a concluir que las manipulaciones monetarias para financiar las guerras fueron catastróficas y debilitaron al Imperio, constituyendo uno de los principales factores de las transformaciones de la Roma tardía y el hundimiento del poder imperial en Occidente (p. 30) por su afectación en la capacidad adquisitiva de la moneda manejada por los romanos lo que afectó gravemente su calidad de vida. Pero no siempre fue así, Diego Quijano (2010) menciona que durante 300 años antes de Nerón, el denario no había sufrido mayor devaluación. Por lo tanto, se deduce que no era necesaria la inflación para que el gran imperio se sostuviera.

Para Hayek (1996) “el monopolio del dinero ha reforzado el poder de los gobiernos” (p. 29), sobre todo si consideramos los datos históricos que nos demuestran que esta regulación no ha servido para que tengamos una mejor moneda y que al contrario nos ha ido peor que antes, puesto que se han basado en falsas premisas que no van acorde a la realidad. Además introduce otro factor importante para el análisis como es que ningún gobernante es capaz de quitarle dinero a los individuos de manera ilimitada a través de los impuestos por lo que no es una medida políticamente viable y se convierte en un obstáculo para cubrir sus déficits presupuestarios debido a un gasto público desmedido y es por ello que ven como una herramienta necesaria el poder imprimir billetes ya que les permite (incluso sin aprobación de las personas) gastar más de lo que las personas están realmente dispuestas “a pagar” para mantener al estado y por supuesto a su vez les permite gastar mucho más allá de lo realmente sostenible.

  1. La demonización de la deflación

En una economía que crece muy lentamente, que el valor de una moneda se congele durante 300 años no representa mayor problema. Sin embargo, mientras las economías crecen a una mayor velocidad, nuevos fenómenos aparecen. Si la cantidad de bienes y servicios crece más que la cantidad emitida de dinero, habrá deflación. Este es un fenómeno que se refleja en los precios, permitiendo que con una misma moneda podamos adquirir más bienes. A este proceso se le conoce como deflación (Hernández, 2015) y, como se demuestra en las líneas anteriores, no solamente ocurre debido a la reducción en la tasa de emisión de dinero a través de los bancos centrales o a la contracción de créditos por los bancos privados.

La deflación es la figura económica, o el pretexto, mediante el cual se han promovido políticas inflacionarias constantemente. La lógica de varios economistas desde David Hume (1752), luego agravada y potenciada por Keynes en su obra titulada: Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936), hasta algunos de los economistas actuales es que la deflación nos hace entrar en un círculo vicioso, donde aumentar el poder adquisitivo de la moneda hace que las personas reduzcan su consumo actual para aprovechar su riqueza más eficientemente en el futuro. A primera vista, esto conlleva a menor dinamismo económico y afecta al entorno general con menos consumo e ingresos, por lo que se justificaría el uso de políticas para regular el comportamiento financiero de las personas. No obstante, esta idea desconoce la función del ahorro como mecanismo para acceder a mejores compras futuras, realizar préstamos o inversiones que permitan generar mayor riqueza y mejorar nuestra calidad de vida (Soto, 2009, p. 254-259). Esta lógica demuestra el rechazo hacia la capacidad de actuar de los individuos que forman parte de un mercado cada vez más interconectado y global, con el cual podemos ampliar nuestro ámbito para comerciar.

En el siglo XVIII, los fenómenos deflacionarios no eran vistos como algo crítico. Cuando economistas como Richard Cantillon debatían sobre las restricciones al comercio, se centraban en la acumulación de oro para lograr una balanza comercial positiva, para Rothbard (1999)  esta es una creencia ampliamente difundida por ellos con fines políticos, ya fuera para subvencionar intereses particulares o aumentar el poder del estado, una idea que reafirmó con evidencia empírica en El Dinero, el Estado y el Mercantilismo Moderno (2016) donde muestra “estudios de casos” que muestran una importante conexión entre la inflación y la creación de privilegios especiales para un grupo favorecido de comerciantes u hombres de negocios. No fue hasta la Gran Depresión, que se comenzó a desarrollar la “paranoia deflacionista”, mencionada por Jesús Huerta de Soto (2014).

Keynes (1943) cita a Hume en la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, donde acentúa este culto a la inflación, asumiendo que mayor circulación de dinero dentro de una economía genera mayor consumo (p. 304). Por lo tanto, muchas más empresas tendrían incentivos de invertir o producir en ese territorio. Al igual que para David Hume (1752) para él era de vital importancia incrementar la cantidad de dinero dentro del Estado para acelerar la industria y que ésta aumente su mano de obra. De no ocurrir de esta forma, o sea, si comenzaba a disminuir la cantidad de dinero dentro de las fronteras, cabría esperar: miseria, pobreza y desempleo. Ante esta afirmación, se puede inferir que el keynesianismo es el verdadero padre del consumismo que muchas veces los discursos socialistas atacan. El control sobre la economía por parte del Estado sigue siendo la raíz de las distorsiones que ocurren en el comportamiento de los individuos. El menosprecio a la pérdida de valor de la moneda, a la capacidad de actuar de los individuos, a sus preferencias temporales y, por ende, a la función de las tasas de interés dentro del mercado, han llevado a que cada vez las monedas pierdan más su valor y que se normalice la manipulación de las tasas de interés para promover el consumo, dando como resultado varias crisis económicas alrededor del mundo.

  1. La deflación sana

Jesús Huerta de Soto (2013, p. 272) en su libro, Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos, menciona que la deflación no solo puede producirse por efectos monetarios, también puede ser producto del ahorro generalizado en un mercado. Esto modifica la estructura productiva de dicho mercado, haciendo que las inversiones no se realicen en el punto más próximo al consumo sino en el más lejano (triángulo de Hayek), por ejemplo, en actividades de investigación y desarrollo o inversión de maquinaria.

El fenómeno relatado por Huerta de Soto puede ir acompañado con otra causa que detalla Cantillon, en Ensayo sobre la naturaleza del Comercio en general (p. 67-71), donde menciona que, si un país importa demasiado, sale dinero más rápido de lo que entra (balanza comercial negativa), podría provocar escasez de circulante dentro de sus fronteras y los precios disminuirían. Para Cantillon esto no era algo malo, porque consideraba que los precios harían más competitivos a los productos nacionales ante el mercado internacional. Esto incentivaría que exporten y acumulen dinero nuevamente, luego los precios subirían hasta que sea vuelva a ser atractivo importar, repitiendo el ciclo.  Por lo tanto, el mercado monetario y comercial se iban a encontrar en una constante búsqueda del equilibrio, entre exportaciones e importaciones.

El debate sobre los efectos nocivos o positivos se han centrado únicamente en el plano económico, sin embargo, hay muchas otras ciencias que deberían sumarse, como las diferentes ingenierías. Fomentar más el consumo que el ahorro como plantean los keynesianos puede estar contribuyendo incluso al deterioro de nuestro medio ambiente. Debemos analizar cada proceso deflacionario para poder estar seguros de cuáles son sus causas, por ejemplo, el ahorro no tiene por qué ser visto como algo nocivo, después de todo es uno de los pilares fundamentales para el desarrollo, gracias al ahorro es que podemos comprar bienes que resultan demasiado costosos comprarlos el día de hoy y nos permite adquirirlos en el mañana, ya sean viajes, casas, vehículos, la universidad de nuestros hijos, maquinarias y demás. No sólo usamos el ahorro propio sino el de terceros, a través de los bancos o los préstamos; sin ahorro sería prácticamente imposible el avance de nuestra sociedad.

Sin embargo, es claro que, en un proceso de deflación, tratar de producir más puede ser un error si no disminuimos nuestros costos y nuestros precios antes, aquí es donde podemos observar una oportunidad para otras ciencias. Al bajar los precios de manera natural, los negocios deberían buscar otros mecanismos para ser rentables sin necesidad de incrementar su producción, tan solo haciendo lo necesario para aprovechar de mejor manera sus recursos ya existentes. La búsqueda por producir más con menos recursos es parte de nuestra naturaleza económica, puesto que es la forma en la que podemos ampliar nuestras ganancias y satisfacer cada vez a más clientes. No obstante, durante siglos no fue realmente objeto de estudio.

El uso de herramientas y la evolución que han tenido con respecto al material que usamos para ellas es en principio una búsqueda de incrementar nuestra productividad, facilitándonos diferentes operaciones e incluso haciendo posible que podamos llevarlas a cabo. En la agricultura podemos encontrar muchos ejemplos sobre la búsqueda de una mayor productividad, desde la elección del tipo de cultivo hasta los mecanismos para protegerlos para que su producción sea la mayor posible en el espacio que utilizamos, algo que hemos realizado desde la era preindustrial.

En la edad media donde todo era artesanal, la diferencia de productividad entre los negocios del mismo tipo era muy poca. Sin embargo, desde la revolución industrial, la brecha de productividad aumenta vertiginosamente, lo que nos abrió todo un mundo de posibilidades en este aspecto y quizá hubiésemos tenido muchas ideas más sobre cómo mejorarla si en medio de todos estos procesos no solo se hubiera promovido una constante inflación. Las herramientas que han buscado aumentar la productividad muchas veces suelen confundirse con mayor producción, esto puede atribuírsele precisamente a la costumbre que tenemos por producir para etapas inflacionarios donde es necesario incrementar la cantidad de productos que ofrecemos para poder satisfacer el consumo, sin embargo, la productividad es la relación entre lo producido y los medios empleados, tales como mano de obra, materiales, energía, etc. En otras palabras, la productividad es la relación existente entre los insumos que usamos para producir y nuestro producto final.

Aún entre quienes tienen claro el concepto de productividad existen confusiones, usualmente suele creerse que un aumento en la productividad es producir más con los mismos recursos —se mantienen insumos y aumentan salidas— pero también puede entenderse como producir lo mismo con menos recursos —se reducen insumos y se mantienen salidas— o en su defecto una combinación en ambos factores, reducir los insumos y aumentar las salidas. Como mencionamos anteriormente tratar de producir más en períodos de deflación podría no tener mayor sentido, puesto que el consumo es lo que se encuentra restringido, entonces el camino a recorrer debería ser una reducción de los insumos que usamos manteniendo nuestro nivel de producción o disminuir precios, pero mantener o incluso incrementar nuestro margen de ganancia.

Básicamente, para aumentar nuestro margen de ganancia existen dos caminos: aumentar los ingresos o disminuir los costos. El segundo camino es el que suele ser más ignorado por las industrias hasta que se enfrentan a un escenario de crisis, en especial en aquellas que se encuentran protegidas con restricciones al comercio o cuentan con algún privilegio por parte del Estado. Evidentemente, éstas tienen menos incentivos para buscar un aumento sistemático en su productividad.

La calidad muchas veces tiene un enfoque de búsqueda de productividad, ya que la estandarización es uno de los pasos al momento de tratar de establecer estándares de producción. Para evitar errores que puedan perjudicar a la siguiente etapa del proceso productivo, se suelen encontrar formas más eficientes de llevar a cabo dichos procesos reduciendo el tiempo y los recursos utilizados. Calidad y productividad suelen ir de la mano, puesto que en la búsqueda de uno solemos encontrar al otro. Por ejemplo, la calidad comenzó a ser una preocupación más apremiante desde que se inició la producción en serie, ya que se necesitan altos niveles de estandarización para poder producir sin problemas a una mayor velocidad. Si se generara consecutivamente un error en una de las etapas de producción podríamos tener graves retrasos durante la producción, además del costo monetario que esto representa. Tenemos múltiples herramientas con diferentes enfoques para aumentar nuestra productividad por el lado de disminución del uso de insumos.

Debemos recordar que disminuyendo costos en cada área sin importar los minúsculos que nos parezcan podemos alcanzar grandes rentabilidades, acorde a la BBC, American Airlines en 1987, quitó una aceituna (que ningún cliente percibió) de los platos que servían durante los vuelos y consiguió un ahorro de decenas de miles de dólares anuales por avión. Si bien estamos hablando de una gran empresa, es un ejemplo que podemos extrapolarlo hasta las más pequeñas. El primer paso debería ser tratar de estandarizar los procesos, es decir, tratar de que no importa cuántas veces se hagan, sean iguales entre sí al menos generalmente. En el caso anterior, podemos asumir que sabían cuántas aceitunas servían en sus platos y se aventuraron a quitar una para saber si podían realizar ese ahorro.

 El siguiente paso es estar seguros de que todo lo que estamos ofreciendo genera la rentabilidad debida, y que no estamos desperdiciando recursos en actividades que nos representan más pérdidas que ganancias. Además de las aceitunas, esta aerolínea luego de unos años hizo un cambio en los transportadores de alimentos que se utilizan durante los vuelos, empleando unos más livianos, lo que conllevó un ahorro en combustible. En este punto debemos tomar en cuenta que los desperdicios no solo son materiales, también pueden ser de tiempo, espacio, capacidad e incluso energéticos.

Encontrar los desperdicios puede llegar a ser complicado es por ello que se han desarrollado múltiples herramientas que podríamos utilizar con el fin de encontrarlas. Algunas son incluso bastante antiguas, como un estudio de movimientos elaborado por Jean Perronet a mediados del siglo XVIII, aunque no es hasta inicios del siglo XX que esta se formaliza con Frederick Taylor, en su trabajo sobre Los Principios de la Administración Científica (1911).

Cabe destacar que Taylor a través de su metodología y la presentación de su libro estaba tratando de reducir las fricciones existentes entre los trabajadores y sus empleadores. Es más, tenía bastante claro que la productividad era clave para el progreso de las sociedades no solo económico, también social. Además, menciona cómo los trabajadores más productivos son más valiosos, por tanto, mejor pagados por sus empleadores quienes buscarían mejorar sus condiciones de trabajo con el fin de evitar que estos migren hacia la competencia. Este es un mensaje muy importante que podemos rescatar y traer nuevamente a nuestros días, para impulsar las políticas públicas de libre empresa y comercio que necesitamos.

Taylor resultó ser un visionario de los cambios y las mejoras que traerían el aumento de la productividad a nuestro mundo. Mencionó cómo la mejora de la productividad nos haría más competitivos frente a la competencia mundial, lo que disminuiría la pobreza y la falta de empleo de manera mucho más eficaz de lo que estaban planteando los políticos en esa época —leyes, impuestos, restricciones comerciales—. También se pronunció sobre la falacia de que un aumento de productividad disminuiría la cantidad de trabajadores, algo con lo que claramente no estaba de acuerdo. De hecho, expresa que, acorde a su percepción, un aumento en la productividad causó un incremento en las plazas de trabajo, temas que aún no pierden vigencia y debates que más de un siglo después siguen repitiéndose. El análisis de movimientos fue la primera herramienta desarrollada para mejorar la productividad en las empresas y puede servir para saber si estamos desperdiciando recursos en nuestros procesos.

La forma en la que organizamos nuestros procesos también tiene gran influencia sobre el nivel de productividad de nuestros negocios. El caso más emblemático es el de Henry Ford a inicios del siglo XX, quien cambió radicalmente la organización física de su planta y la forma de realizar los trabajos, duplicando su nivel de producción de un año a otro. El objetivo de Ford era producir un auto a un precio mucho más accesible para los consumidores, un auto para las masas, por lo que comenzó la producción en serie. Cada trabajador se encargaba de una parte del producto que luego sería ensamblada para formar el producto final. Este método de producción revolucionó la industria y es en este punto donde por ejemplo la estandarización y la búsqueda de la calidad se vuelven más urgentes. En un proceso donde los trabajadores solo realizan una parte del producto final, es vital que todo esté hecho en la medida exacta para poder ser ensamblado por alguien más que no tiene idea de los errores con los que los productos intermedios provenientes de los procesos anteriores pudieran tener.

Hoy en día los procesos de producción pueden ubicarse de distintas formas para acelerar o mejorar la productividad del negocio, esto se conoce como distribución en planta. Puede ser por proceso, en línea (por producto), por grupo o una combinación de todas estas, lo importante es encontrar la forma en la que nuestra distribución puede llegar a ser más productiva. Para negocios que tienen un solo producto y lo fabrican en serie como una embotelladora, lo más común es encontrar una distribución en línea. En las industrias que realizan productos intermedios o que son diferentes entre sí, lo más usual es una distribución por proceso o en grupo ya que esto les permite en el mismo espacio realizar diferentes productos hasta completar el lote que deba dirigirse a otra área, de esta se reduce la movilización del personal por la planta y enfocar el tiempo de trabajo en actividades productivas.

Los diagramas de flujo son muy útiles para graficar los procesos e identificar cada paso del mismo. A este diagrama podemos complementarlo con, cada vez más datos, para hacernos una imagen cada vez más global de los procesos, como colocarle tiempos, distancias y actividades a las operaciones para poder visualizar más fácilmente si existen etapas que podamos suprimir, innovar, cambiar con el objetivo de ser más productivos. En 1946, en Japón se crea la Unión de Científicos e Ingenieros Japoneses, cuya finalidad era reunir a las grandes profesionales de Japón para que compartan las mejores prácticas de cada una de sus empresas y fomentar una mayor productividad. De esta organización emergieron grandes exponentes de la calidad como Kaouro Ishikawa, sin embargo, el hombre que más marcó a esta organización y a Japón en general fue William Deming, y sirvió de fuente de inspiración para los japoneses, a tal punto que instauraron un premio en su nombre.

Los japoneses incorporaron a su modo de producir conceptos que ya practicaban dentro de su cultura, para ellos era de vital importancia ser lo suficiente metodológicos y estandarizados hasta alcanzar procesos en donde no se cometiera ni un solo error y tener productos perfectos. Una de las metodologías desarrolladas por los japoneses es llamada Kaizen. Etimológicamente se refiere a un proceso de mejora continua hacia algo mejor, un proceso que no tiene reservas en si la mejora es grande o pequeña (Udaondo, 1992). Además, la mejora que se está buscando no puede sacrificar otras partes, sino ser una mejora que sume a un todo.

De la Metodología Kaizen se derivó el Método de las 5s por las primeras letras de las palabras en japonés Seire (clasificación), Seiton (orden), Seiso (limpieza), Seiketsu (estandarización) y Shitsuke (seguir mejorando) (Udaondo, 1992). Este método argumenta que el orden (estandarización) es importante para aumentar la productividad no solo mejora las condiciones del trabajo haciéndolos más seguros sino también permite encontrar los implementos necesarios para la producción con mayor facilidad y rapidez, algo importante al tomar en cuenta al momento de reducir costos.

A partir de este momento, las herramientas que buscan mejorar la calidad y la productividad comienzan a ser cada vez más abundantes. Existen métodos como el de la Producción Esbelta o Justo a tiempo que se derivan del Kaizen. Uno de los objetos primordiales al momento de tratar de reducir costes dentro del proceso productivo es reducir los niveles de inventarios que se mantienen. Los inventarios ocupan espacio y son costos que se mantienen improductivos hasta que son utilizados, a través de la estandarización de los procesos y el análisis de la demanda puede lograrse bajos e incluso nulos niveles de inventarios sin arriesgar la calidad, ni la satisfacción de los clientes.

Aunque el método Justo a Tiempo es bastante utilizado en la industria automotriz también ha sido utilizado por la cadena de ropa, Zara. Esta cadena realiza entregas a todo el mundo por lotes que, de acuerdo a sus estudios y análisis realizados, logran venderlos en un tiempo determinado y luego empiezan con un próximo lote para ser repartido de igual manera. No olvidemos además las facilidades que nos ha traído el internet y el uso de tecnologías de información que nos permiten llevar un seguimiento más fácil y adecuado de nuestros niveles de producción: volumen de ventas, cantidad de materia prima para poder realizar los cálculos respectivos y poder ver si estamos siendo lo suficientemente eficientes. Además de la importancia de las redes sociales, siendo un enlace mucho más cercano a nuestros consumidores tanto para interactuar con ellos como para conseguir nuevos clientes. Las redes sociales son una herramienta bastante útil para poder obtener información por parte de nuestro público objetivo sobre qué servicios podemos incrementar o mejorar, a muy bajo costo, lo que nos permitiría incrementar nuestro valor para ellos y mantener nuestros precios, a pesar de encontrarnos inmersos en un escenario deflacionario.

Debemos tomar en cuenta que varias de las opciones expuestas en el transcurso de este ensayo son muy versátiles. No importa el tamaño, el tipo, el presupuesto del negocio que quiera aplicar cualquiera de ellas, solo requiere del compromiso de todo el personal de la misma y de la creatividad empresarial que tengan quienes los dirigen. No necesitamos la protección del Estado ante la deflación o para que fomente la inflación. Si los cambios en la masa monetaria se realizan de forma natural, las personas somos capaces de actuar adecuadamente frente a los diferentes retos que se nos presenten.

  1. Conclusión

Además de las razones económicas por las cuales no debemos ver a los procesos deflacionarios como el fin de nuestras economías —si estos ocurren de manera natural y no por intromisión del Estado—, el mundo de la ingeniería también nos ofrece múltiples herramientas para poder aprovecharlos. Habrá quienes no podrán adaptarse y mejorar para seguir en el mercado, lo que no es un fenómeno extraño. A diario, hay empresas que abren y otras que cierran sus puertas y está en la creatividad empresarial poder seguir adelante. No debemos dejar nuestras vidas, nuestras decisiones, ni nuestra economía en manos de los políticos, al contrario, debemos pedirles que las saquen porque las distorsiones más graves que existen en el mercado son producto de su intromisión.

Hace más de un siglo, Taylor en el trabajo que citamos en anteriores párrafos, ya se encontraba preocupado por estos personajes agitadores y sus nuevas ideas sentimentalistas, mal informadas y mal orientadas que estaban comenzando a surgir dentro de la sociedad por lo que hace un llamado específico a los ingenieros y administradores a involucrarse y demostrar los verdaderos hechos. Pero el llamado debería extenderse a toda la población para combatir dichas ideas que estaban provocando conflictos sociales innecesarios, malos manejos económicos, ideas perversas en contra el progreso y el desarrollo de la economía, en contra de la mejora de la productividad y el futuro.

Debemos recordar las palabras de Frederick Hayek (1999) en Los Intelectuales y el Socialismo, donde deja claro el rol que debemos tener todas las personas, en especial los intelectuales de cualquier rama, en el debate de las ideas, “el socialismo nunca y en ninguna parte ha sido al principio un movimiento de la clase obrera” (p. 263). Debemos influir en el clima de opinión y aportar con la información que tengamos frente a muchos teóricos que aparentemente se encuentran alejados de la realidad, presentando utopías o distopías acorde a su conveniencia o a su poco conocimiento de lo que sucede y está sucediendo en el mundo real.

No podemos calcular el daño que le ha hecho el keynesianismo no solo a nuestra economía sino también a nuestro mundo. Estas ideas que fomentan la inflación y el consumo, en lugar del ahorro y de la libertad económica de los individuos, han alterado nuestro comportamiento económico en formas que no podemos imaginar. La mayoría de ocasiones el daño es minúsculo y solo llegamos a observar los grandes choques que provoca una hiperinflación. Sin embargo, hay mucho de Lo que se ve y lo que no se ve (Bastiat, s.f) en la política monetaria inflacionista.

Invisibilizar al individuo, a través de los diferentes colectivos tanto en lo social como en lo económico, y tratarlo como si no existiera o no tuviera capacidad de acción ha resultado, en el transcurso de toda nuestra historia, en los más graves problemas que hemos enfrentado. Para recuperar nuestra libertad como individuos debemos comprometernos con ella desde cualquiera que sea nuestra rama y nuestra actividad. Desde todos los frentes tenemos algo que aportar y seguir adelante por individuos más libres, que tengan el control sobre sus vidas, sobre sus destinos, sobre su felicidad.

Finalmente, no hay que alarmarse con la deflación, porque ésta es técnicamente definida como: inflación negativa, es decir, una caída generalizada en el nivel de precios absolutos y relativos de la economía (en promedio) y, por tanto, al caer los precios, por un aumento en la productividad, por ejemplo, se recupera el poder adquisitivo de las personas, lo cual evidentemente favorece al consumo en el mediano y largo plazo.  Ahora bien, es cierto que, una recesión, implica una caída en el consumo, por lo cual, caen los precios, al bajar la demanda.  Pero, no debemos caer en la trampa keynesiana de que se debe intervenir en la Economía, a través de las políticas fiscal o monetarias expansivas, en palabras de ellos: “poniéndole dinero en el bolsillo de la gente”, lo que es simplemente una política miope o cortoplacista, que no es sostenible en el tiempo.  No, lo mejor es dejar que la economía se recupere, se autorregule y vuelva a la normalidad, por sí sola, pues eso era lo que se hacía en el mundo antes de la Gran Depresión de 1930, cuando estaba en vigencia el Patrón Oro.  Aunque claro, para ello, hay que tener voluntad, decisión y un altísimo nivel de conocimiento técnico (tan escaso hoy en día entre nuestros políticos, e incluso entre los economistas).

Referencias

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* Leonard de Jesús Quinde Allieri es ingeniero industrial por la Universidad Politécnica Salesiana (2015), ingeniero agrícola con mención agroindustrial por la Universidad Agraria del Ecuador (2016) y candidato a Máster en Ingeniería Industrial por la Universidad Internacional Iberoamericana. Actualmente se desempeña como analista en la Cámara de Industrias de Guayaquil. Ha impartido conferencias sobre temas como liberalismo económico y político, deflación y emprendimiento.

E-mail: lquinde @eslibertad.org