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Traducción 1: «El cálculo económico en la comunidad socialista»

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Mises, L. (2020). El cálculo económico en la comunidad socialista (G. Ramírez, Trad.). Estudios Libertarios, 3, 108-135. (Trabajo original publicado en 1920). Título original: Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen

LUDWIG VON MISES


EL CÁLCULO ECONÓMICO EN LA COMUNIDAD SOCIALISTA

Título original: Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen

Ludwig von Mises

Hacia noviembre de 1919, Mises había terminado unos escritos a publicar como artículo donde sistematizaría sus críticas a la economía de guerra, el intervencionismo estatal en la economía y el socialismo, que a su vez darían pie a una conferencia que dictaría en enero de 1920 en la Nationalökonomische Gesellschaft (Sociedad económica), donde se encargaría de refutar las tesis favorables a la planificación central, como las que recientemente venían siendo esgrimidas por políticos como Otto Neurath (1882-1945), quien defendió como exitosas sus políticas de socialización aplicadas bajo la dirección de la Zentralwirtschaftsamt (Oficina Central de Economía) de la efímera República Soviética de Baviera (Alemania). El articulo finalmente sería publicado en abril de 1920 en el volumen 47 del Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik (Archivo de Ciencias Sociales y Política Social), revista que dirigía Max Weber, con el título de Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen (El cálculo económico en la comunidad socialista).

Con motivo de su centenario (1920/2020), nos complace anunciar que “Estudios Libertarios” es la primera revista académica en traer al español esta importante pieza del pensamiento económico. Ello ha sido posible gracias al profesor Mg. Gilberto Ramírez Espinosa, director editorial de Unión Editorial Colombia, Fellow Investigador de Libertas Phyle y Director Académico de nuestra revista, quien tradujo el artículo a la lengua castellana a partir de su versión en inglés.

EL CÁLCULO ECONÓMICO EN LA COMUNIDAD SOCIALISTA

Ludwig von Mises

1920/2020

Introducción

Hay muchos socialistas que nunca se han enfrentado de ninguna manera a los problemas de la economía y que no han intentado en absoluto formarse una concepción clara de las condiciones que determinan el carácter de la sociedad humana. Hay otros que han investigado profundamente la historia económica del pasado y del presente, y se han esforzado, sobre esta base, por construir una teoría de la economía de la sociedad «burguesa». Han criticado con bastante libertad la estructura económica de la sociedad «libre», pero han descuidado consistentemente aplicar a la economía del estado socialista en disputa la misma perspicacia cáustica, que han revelado en otros lugares, no siempre con éxito. La economía, como tal, figura muy escasamente en los glamurosos cuadros pintados por los utopistas. Invariablemente explican cómo, en los terrenos de nubes de cucú de su fantasía, las palomas asadas volarán de alguna manera a las bocas de los camaradas, pero omiten mostrar cómo se va a producir este milagro. Cuando de hecho comienzan a ser más explícitos en el dominio de la economía, pronto se encuentran perdidos (uno recuerda, por ejemplo, los fantásticos sueños de Proudhon de un «banco de cambio»), de modo que no es difícil señalar sus falacias lógicas. Cuando el marxismo prohíbe solemnemente a sus adherentes preocuparse por los problemas económicos más allá de la expropiación de los expropiadores, no adopta ningún principio nuevo, ya que los utopistas a lo largo de sus descripciones también han descuidado todas las consideraciones económicas y han concentrado su atención únicamente en pintar imágenes espeluznantes de las condiciones existentes y cuadros brillantes de esa edad de oro que es la consecuencia natural del Nuevo Orden.

Ya sea que se considere la llegada del socialismo como un resultado inevitable de la evolución humana, o se considere la socialización de los medios de producción como la mayor bendición o el peor desastre que puede sobrevenir a la humanidad, al menos hay que reconocer que la investigación de las condiciones de la sociedad organizada sobre una base socialista tiene valor como algo más que «un buen ejercicio mental y un medio para promover la claridad política y la coherencia del pensamiento»[1]. En una época en la que nos acercamos cada vez más al socialismo, e incluso, en cierto sentido, estamos dominados por él, la investigación de los problemas del Estado socialista adquiere un significado añadido para la explicación de lo que sucede a nuestro alrededor. Los análisis previos de la economía de intercambio ya no son suficientes para una comprensión adecuada de los fenómenos sociales en Alemania y sus vecinos orientales en la actualidad. Nuestra tarea a este respecto es abarcar dentro de una gama bastante amplia los elementos de la sociedad socialista. Los intentos de lograr claridad sobre este tema no necesitan más justificación.

  1. La distribución de los bienes de consumo en una comunidad socialista

Bajo el socialismo, todos los medios de producción son propiedad de la comunidad. Es la comunidad la que puede disponer de ellos y determinar su uso en la producción. Huelga decir que la comunidad sólo estará en condiciones de utilizar sus poderes de disposición mediante la creación de un organismo especial a tal efecto. La estructura de este organismo y la cuestión de cómo articulará y representará la voluntad comunal es para nosotros de importancia subsidiaria. Se puede suponer que esto último dependerá de la elección del personal y, en los casos en que el poder no recaiga en una dictadura, del voto mayoritario de los miembros de la corporación.

El propietario de los bienes de producción, que ha fabricado bienes de consumo y, por lo tanto, se convierte en su propietario, ahora tiene la opción de consumirlos él mismo o que otros los consuman. Pero cuando la comunidad se convierte en propietaria de los bienes de consumo, que ha adquirido en la producción, ya no se tendrá esa opción. No puede consumir por sí misma; tiene forzosamente que permitir que otros lo hagan. Quién debe consumir y qué debe consumir cada uno es el meollo del problema de la distribución socialista.

Es característico del socialismo que la distribución de los bienes de consumo debe ser independiente de la cuestión de la producción y de sus condiciones económicas. Es irreconciliable con la naturaleza de la propiedad comunal de los bienes de producción que deba depender, incluso para una parte de su distribución, de la imputación económica del rendimiento a los factores de producción particulares. Es lógicamente absurdo hablar de que el trabajador disfruta del «pleno rendimiento» de su trabajo y luego someter a una distribución separada la participación de los factores materiales de producción. Porque, como veremos, está en la naturaleza misma de la producción socialista que la participación de los factores de producción particulares en el dividendo nacional no puede determinarse y que, de hecho, es imposible calibrar la relación entre gasto e ingreso.

La base elegida para la distribución de los bienes de consumo entre los camaradas individuales es para nosotros una consideración de importancia más o menos secundaria. Si se repartirán de acuerdo con las necesidades individuales, de modo que obtenga más el que más lo necesite, o si el hombre superior recibirá más que el inferior, o si se prevé una distribución estrictamente igualitaria como ideal, o si el servicio al Estado debe ser el criterio, es indiferente al hecho de que, en todo caso, las porciones serán impuestas por el Estado.

Asumamos la simple proposición de que la distribución estará determinada por el principio de que el Estado trata a todos sus miembros por igual; no es difícil concebir una serie de peculiaridades como la edad, el sexo, la salud, la ocupación, etc., según las cuales se calificará lo que cada uno recibe. Cada camarada recibe un paquete de cupones, canjeable dentro de un cierto período por una cantidad definida de ciertos bienes específicos. Y así puede comer varias veces al día, buscar alojamiento permanente, entretenimientos ocasionales y un traje nuevo de vez en cuando. Si dicha provisión para estas necesidades es amplia o no, dependerá de la productividad del trabajo social.

Además, no es necesario que cada hombre consuma la totalidad de su porción. Puede dejar que algo perezca sin consumirlo; puede regalarlo; muchos, incluso en la medida en que lo permita la naturaleza de los bienes, lo atesoran para uso futuro. Sin embargo, también puede intercambiar algunos de ellos. El bebedor de cerveza con gusto dispondrá de las bebidas no alcohólicas que se le asignen, si puede obtener más cerveza a cambio, mientras que el abstemio estará dispuesto a renunciar a su porción de bebida si puede conseguir otros bienes a cambio. El amante del arte estará dispuesto a disponer de sus entradas de cine para escuchar con mayor frecuencia buena música; el filisteo estará dispuesto a renunciar a las entradas que le permiten asistir a exposiciones de arte a cambio de oportunidades de placer que comprenda más fácilmente. Todos darán la bienvenida a los intercambios. Pero el material de estos intercambios siempre serán bienes de consumo. Los bienes de producción en una comunidad socialista son exclusivamente comunales; son una propiedad inalienable de la comunidad y, por tanto, res extra commercium.

Por tanto, el principio de intercambio puede operar libremente en un estado socialista dentro de los estrechos límites permitidos. No siempre es necesario que se desarrolle en forma de intercambios directos. Las mismas bases que siempre han existido para la construcción del intercambio indirecto continuarán en un estado socialista, para colocar ventajas en el camino de quienes se entregan a él. De ello se deduce que el estado socialista también dará lugar al uso de un medio de intercambio universal, es decir, el dinero. Su papel será fundamentalmente el mismo en una sociedad socialista que en una sociedad competitiva; en ambos sirve como medio universal de intercambio. Sin embargo, la importancia del dinero en una sociedad donde los medios de producción están controlados por el Estado será diferente de la que se le atribuye en una sociedad en la que son de propiedad privada. Será, de hecho, incomparablemente más estrecho, ya que el material disponible para el intercambio será más estrecho, en la medida en que se limitará a los bienes de consumo. Además, sólo porque ningún bien de producción se convertirá jamás en objeto de intercambio, será imposible determinar su valor monetario. El dinero nunca podría desempeñar en un estado socialista el papel que desempeña en una sociedad competitiva al determinar el valor de los bienes de producción. El cálculo en términos de dinero será aquí imposible.

Las relaciones que resultan de este sistema de intercambio entre camaradas no pueden ser ignoradas por los responsables de la administración y distribución de productos. Deben tomar estas relaciones como base, cuando buscan distribuir bienes per cápita de acuerdo con su valor de cambio. Si, por ejemplo, 1 puro se vuelve igual a 5 cigarrillos, será imposible para la administración fijar el valor arbitrario de 1 puro = 3 cigarrillos como base para la distribución equitativa de puros y cigarrillos, respectivamente. Si los cupones de tabaco no se van a canjear uniformemente para cada individuo, en parte por puros, en parte por cigarrillos, y si algunos reciben solo puros y otros solo cigarrillos, ya sea porque ese es su deseo o porque la oficina de cupones no puede hacer nada más en el momento, las condiciones de intercambio del mercado tendrían que ser observadas. De lo contrario, todos quienes obtienen cigarrillos sufrirían frente a quienes consiguen puros. Porque el hombre que consigue un puro puede cambiarlo por cinco cigarrillos, mientras que el puro solo se cobra por tres cigarrillos.

Las variaciones en las relaciones de intercambio en los tratos entre camaradas implicarán, por tanto, variaciones correspondientes en las estimaciones de las administraciones sobre el carácter representativo de los diferentes bienes de consumo. Cada una de estas variaciones muestra que ha aparecido una brecha entre las necesidades particulares de los camaradas y sus satisfacciones porque, de hecho, una mercancía es más deseada que otra.

De hecho, la administración se esforzará por tener en cuenta este punto también en lo que respecta a la producción. Los artículos de mayor demanda deberán producirse en mayores cantidades mientras que la producción de los menos demandados deberá sufrir una reducción. Tal control puede ser posible, pero una cosa no será libre de hacer; no debe dejar que el camarada individual pregunte el valor de su boleto de tabaco, ya sea en puros o cigarrillos a voluntad. Si el camarada tuviera el derecho de elección, entonces bien podría ser que la demanda de puros y cigarrillos supere la oferta, o viceversa, que los puros o cigarrillos se amontonen en las oficinas de distribución porque nadie los acepta.

Si se adopta el punto de vista de la teoría del valor trabajo, el problema admite libremente una solución simple. El camarada es luego marcado por cada hora de trabajo realizada, y esto le da derecho a recibir el producto de una hora de trabajo, menos la cantidad deducida por cumplir con las obligaciones de la comunidad en su conjunto como manutención de los no aptos, educación, etc.

Tomando la cantidad deducida para cubrir los gastos comunales como la mitad del producto laboral, cada trabajador que hubiera trabajado una hora completa tendría derecho únicamente a obtener la cantidad del producto que realmente respondiera a media hora de trabajo. En consecuencia, cualquier persona que esté en condiciones de ofrecer el doble del tiempo de trabajo que se tarda en fabricar un artículo, podría sacarlo del mercado y transferirlo a su propio uso o consumo. Para aclarar nuestro problema, será mejor asumir que el Estado no deduce nada de los trabajadores para cumplir con sus obligaciones, sino que impone un impuesto sobre la renta a sus miembros trabajadores. De esa manera, cada hora de trabajo invertida conlleva el derecho de tomar para sí una cantidad de bienes que suponga una hora de trabajo.

Sin embargo, tal forma de regular la distribución sería inviable, ya que el trabajo no es una cantidad uniforme y homogénea. Entre varios tipos de trabajo existe necesariamente una diferencia cualitativa, lo que conduce a una valoración diferente según la diferencia en las condiciones de demanda y oferta de sus productos. Por ejemplo, el suministro de pinturas no puede aumentarse ceteris paribus, sin dañar la calidad del producto. Sin embargo, no se puede permitir que el trabajador que haya realizado una hora del tipo de trabajo más simple tenga derecho al producto del tipo de trabajo superior de una hora. Por tanto, en cualquier comunidad socialista se vuelve completamente imposible postular una conexión entre la importancia para la comunidad de cualquier tipo de trabajo y la distribución del rendimiento del proceso de producción comunal. La remuneración del trabajo no puede sino proceder sobre una base arbitraria; no puede basarse en la valoración económica del rendimiento como en un estado competitivo de la sociedad, donde los medios de producción están en manos privadas, ya que —como hemos visto— tal valoración es imposible en una comunidad socialista. Las realidades económicas imponen límites claros al poder de la comunidad de fijar la remuneración del trabajo de manera arbitraria: en ningún caso la suma gastada en salarios puede exceder los ingresos por un período de tiempo determinado.

Dentro de estos límites, puede hacer lo que quiera. Puede decidir de inmediato que todo trabajo debe ser considerado de igual valor, de modo que cada hora de trabajo, cualquiera que sea su calidad, conlleva la misma recompensa; también puede hacer una distinción con respecto a la calidad del trabajo realizado. Sin embargo, en ambos casos debe reservarse el poder de controlar la distribución particular del producto de trabajo. Nunca podrá disponer que quien haya realizado una hora de trabajo tenga también derecho a consumir el producto de una hora de trabajo, incluso dejando de lado la cuestión de las diferencias en la calidad del trabajo y de los productos, asumiendo además que sería posible medir la cantidad de trabajo que representa un artículo determinado. Porque, más allá del trabajo real, la producción de todos los bienes económicos implica también el costo de los materiales. Un artículo en el que se utiliza más materia prima nunca puede considerarse de igual valor que uno en el que se utiliza menos.

  • La naturaleza del cálculo económico

Todo hombre que, en el curso de la vida económica, elige entre la satisfacción de una necesidad y la de otra, eo ipso hace un juicio de valor. Tales juicios de valor incluyen a la vez sólo la mera satisfacción de la necesidad misma; y a partir de esto, se reflejan sobre los bienes de un orden inferior y luego sobre los bienes de un orden superior. Por regla general, el hombre que conoce su propio parecer está en condiciones de valorar bienes de orden inferior. Bajo condiciones simples, también le es posible sin mucho preámbulo formarse algún juicio sobre la importancia para él de los bienes de orden superior[2]. Pero donde el estado de cosas es más complicado y sus interconexiones no son tan fácilmente discernibles, se deben emplear medios más sutiles para lograr una valoración correcta[3] de los medios de producción. No sería difícil para un agricultor en aislamiento económico distinguir entre la expansión de la ganadería y el desarrollo de la actividad en el campo de la caza. En tal caso, los procesos de producción involucrados son relativamente cortos y los gastos e ingresos que conllevan pueden medirse fácilmente. Pero es muy diferente cuando se elige entre la utilización de un curso de agua para la generación de electricidad o la ampliación de una mina de carbón o la elaboración de planes para el mejor aprovechamiento de las energías latentes en el carbón crudo. Aquí los procesos indirectos de producción son muchos y cada uno es muy largo; aquí las condiciones necesarias para el éxito de las empresas que se van a poner en marcha son diversas, de modo que no se pueden aplicar valoraciones meramente vagas, sino que se requieren estimaciones bastante más exactas y algún juicio de las cuestiones económicas realmente implicadas.

La valoración solo puede tener lugar en términos de unidades, pero es imposible que alguna vez haya una unidad de valor de uso subjetivo para los bienes. La utilidad marginal no postula ninguna unidad de valor, ya que es obvio que el valor de dos unidades de un stock dado es necesariamente mayor que, pero menor que el doble, del valor de una sola unidad. Los juicios de valor no miden; simplemente establecen grados y escalas[4]. Incluso Robinson Crusoe, cuando tiene que tomar una decisión en la que no aparece ningún juicio de valor inmediato y en el que debe construir uno sobre la base de una estimación más o menos exacta, no puede operar únicamente con el valor de uso subjetivo, sino que debe tener en cuenta la intersustituibilidad de los bienes sobre la base de la cual puede formar sus estimaciones. En tales circunstancias, le será imposible remitir todas las cosas a una sola unidad. Más bien, en la medida de sus posibilidades, referirá todos los elementos que deben tenerse en cuenta para formar su estimación a aquellos bienes económicos que pueden ser aprehendidos por un juicio de valor obvio, es decir, a bienes de orden inferior y al costo de esfuerzo. Que esto solo es posible en condiciones muy simples es obvio. En el caso de procesos de producción más complicados y prolongados, claramente no será la solución.

En una economía de cambio, el valor de cambio objetivo de las mercancías entra como unidad de cálculo económico. Esto conlleva una triple ventaja. En primer lugar, permite basar el cálculo en las valoraciones de todos los participantes en el comercio. El valor de uso subjetivo de cada uno no es inmediatamente comparable como fenómeno puramente individual con el valor de uso subjetivo de otros hombres. Sólo lo es en el valor de cambio, que surge de la interacción de las valoraciones subjetivas de todos los que participan en el intercambio. Pero en ese caso, el cálculo por valor de cambio proporciona un control sobre el empleo apropiado de los bienes. Cualquiera que desee hacer cálculos con respecto a un complicado proceso de producción se dará cuenta de inmediato si ha trabajado más económicamente que otros o no; si encuentra, por referencia a las relaciones de intercambio que se obtienen en el mercado, que no podrá producir de manera rentable, esto demuestra que otros entienden cómo hacer un mejor uso de los bienes de orden superior en cuestión. Por último, el cálculo por valor de cambio permite volver a referir valores a una unidad. Para ello, dado que los bienes son mutuamente sustituibles de acuerdo con las relaciones de intercambio que se obtengan en el mercado, se puede elegir cualquier bien posible. En una economía monetaria, lo que se elige así es el dinero.

El cálculo monetario tiene sus límites. El dinero no es un criterio de valor, ni tampoco de precio. De hecho, el valor no se mide en dinero, ni tampoco el precio. Consisten simplemente en dinero. El dinero como bien económico no tiene un valor estable como se ha asumido ingenua pero erróneamente al usarlo como un «estándar de pagos diferidos». La relación de intercambio que se da entre dinero y bienes está sujeta a fluctuaciones constantes, aunque (por regla general) no demasiado violentas, que se originan no sólo del lado de otros bienes económicos, sino también del lado del dinero. Sin embargo, estas fluctuaciones perturban los cálculos de valor sólo en un grado mínimo, ya que generalmente, en vista de las incesantes alternancias en otros datos económicos, estos cálculos se referirán solo a períodos de tiempo comparativamente cortos, períodos en los que el dinero «bueno», al menos normalmente, sufre fluctuaciones comparativamente triviales con respecto a sus relaciones de intercambio. La insuficiencia del cálculo monetario del valor no tiene su origen principal en el hecho de que el valor se calcula en términos de un medio de cambio universal, a saber, el dinero, sino más bien en el hecho de que en este sistema es el valor de cambio y no el valor de uso subjetivo en el que se basa el cálculo. Nunca puede obtenerse como medida para el cálculo de aquellos elementos determinantes del valor que se encuentran fuera del dominio de las transacciones de cambio. Si, por ejemplo, un hombre calculara la rentabilidad de construir una planta de agua, no podría incluir en su cálculo la belleza de la cascada que el esquema podría perjudicar, excepto que podría prestar atención a la disminución del tráfico turístico o cambios similares, que pueden valorarse en términos monetarios. Sin embargo, estas consideraciones bien podrían ser uno de los factores a la hora de decidir si el edificio se levantará o no.

Es habitual denominar estos elementos como «extraeconómicos». Quizás esto sea apropiado; no nos preocupan las disputas sobre terminología; sin embargo, las valoraciones en sí mismas difícilmente pueden calificarse de irracionales. En cualquier lugar donde los hombres consideren importantes la belleza de un vecindario o de un edificio, la salud, la felicidad y la satisfacción de la humanidad, el honor de los individuos o las naciones, son tanto fuerzas motrices de conducta racional como los factores económicos en el sentido propio de la palabra, incluso cuando no son sustituibles entre sí en el mercado y, por tanto, no establecen relaciones de intercambio.

Que el cálculo monetario no pueda abarcar estos factores radica en su propia naturaleza; pero para los propósitos de nuestra vida económica diaria esto no quita valor al cálculo monetario. Porque todos esos bienes ideales son bienes de orden inferior y, por lo tanto, pueden incluirse directamente en el ámbito de nuestro juicio de valores. Por tanto, no hay dificultad para tenerlos en cuenta, aunque deben permanecer fuera del ámbito del valor monetario. El hecho de que no admitan tal cálculo hace que su consideración en los asuntos de la vida sea más fácil y no más difícil. Una vez que vemos claramente lo mucho que valoramos la belleza, la salud, el honor y el orgullo, seguramente nada podrá impedirnos prestarles la misma consideración. Puede parecer doloroso para cualquier espíritu sensible tener que equilibrar los bienes espirituales con los materiales. Pero eso no es culpa del cálculo monetario; reside en la naturaleza misma de las cosas. Incluso cuando los juicios de valor pueden establecerse directamente sin cálculo en valor o en dinero, no se puede eludir la necesidad de elegir entre satisfacción material y espiritual. Robinson Crusoe y el estado socialista tienen la misma obligación de tomar la decisión.

Cualquiera que tenga un sentido genuino de los valores morales no experimentará dificultades para decidir entre el honor y el sustento. Conoce su simple deber. Si un hombre no puede hacer del honor su pan, puede renunciar a su pan por el honor. Sólo aquellos que prefieren ser aliviados de la agonía de esta decisión, porque no pueden renunciar a la comodidad material en aras de la ventaja espiritual, ven en la elección una profanación de los verdaderos valores.

El cálculo monetario solo tiene sentido en el ámbito de la organización económica. Es un sistema mediante el cual las reglas de la economía pueden aplicarse en la disposición de los bienes económicos. Los bienes económicos sólo tienen parte en este sistema en proporción a la medida en que puedan ser intercambiados por dinero. Cualquier extensión de la esfera del cálculo monetario provoca malentendidos. No puede considerarse que constituya una especie de vara de medir para la valoración de los bienes, y no puede tratarse así en las investigaciones históricas sobre el desarrollo de las relaciones sociales; no puede utilizarse como criterio de riqueza e ingresos nacionales, ni como medio para medir el valor de bienes que se encuentran fuera de la esfera del intercambio, ya que ¿quién debería tratar de estimar el alcance de las pérdidas humanas por emigraciones o guerras en términos de dinero?[5]. Esta es una mera tontería científica, por mucho que la puedan permitir economistas perspicaces.

Sin embargo, dentro de estos límites, que en la vida económica nunca sobrepasa, el cálculo monetario cumple todos los requisitos del cálculo económico. Nos proporciona una guía a través de la opresiva plenitud de las potencialidades económicas. Nos permite extender a todos los bienes de orden superior el juicio de valor, que está ligado y es claramente evidente en el caso de los bienes listos para el consumo o, en el mejor de los casos, de los bienes de producción del orden inferior. Hace que su valor pueda computarse y, por lo tanto, nos da la base principal para todas las operaciones económicas con bienes de un orden superior. Sin él, toda la producción que involucre procesos que se remontan mucho en el tiempo y todos los procesos indirectos más largos de la producción capitalista serían tanteos en la oscuridad.

Hay dos condiciones que gobiernan la posibilidad de calcular el valor en términos monetarios. En primer lugar, no sólo los bienes de orden inferior, sino también los de orden superior, deben entrar en el ámbito del intercambio, si serán incluidos en el cálculo. Si no lo hacen, no surgirán relaciones de intercambio. Cierto es que las consideraciones que deben obtenerse en el caso de Robinson Crusoe dispuesto, dentro del alcance de su propio hogar, para intercambiar, por producción, trabajo y harina para pan, son indistinguibles de las que obtiene cuando está dispuesto a intercambiar pan por ropa en el mercado libre y, por lo tanto, es cierto en cierta medida decir que toda acción económica, incluida la propia producción de Robinson Crusoe, puede denominarse intercambio[6]. Además, la mente de un solo hombre, por más astuta que sea, es demasiado débil para comprender la importancia de uno solo entre los innumerables bienes de un orden superior. Ningún hombre puede dominar jamás todas las posibilidades de producción, por innumerables que sean, como para estar en condiciones de hacer juicios de valor evidentes sin la ayuda de algún sistema de cálculo. La distribución entre varios individuos del control administrativo sobre los bienes económicos en una comunidad de hombres que participan en el trabajo de producirlos y que están interesados ​​económicamente en ellos, implica una especie de división intelectual del trabajo, que no sería posible sin algún sistema de cálculo de la producción y sin la economía.

La segunda condición es que exista, de hecho, un medio de intercambio universalmente empleado, a saber, el dinero, que también desempeña el mismo papel como medio en el intercambio de bienes de producción. Si este no fuera el caso, no sería posible reducir todas las relaciones de intercambio a un denominador común.

Sólo en condiciones sencillas puede la economía prescindir del cálculo monetario. Dentro de los estrechos confines de la economía doméstica, por ejemplo, donde el padre puede supervisar toda la gestión económica, es posible determinar la importancia de los cambios en los procesos de producción, sin tales ayudas para la mente y, sin embargo, con más o menos precisión. En tal caso, el proceso se desarrolla bajo un uso relativamente limitado de capital. Aquí se introducen pocos de los procesos indirectos capitalistas de producción: lo que se fabrica son, por regla general, bienes de consumo o, al menos, bienes de un orden superior que se encuentran muy cerca de los bienes de consumo. La división del trabajo se encuentra en sus etapas rudimentarias: un mismo trabajador controla el trabajo de lo que es en efecto, un proceso completo de producción de bienes listos para el consumo, de principio a fin. Sin embargo, todo esto es diferente en la producción comunitaria desarrollada. Las experiencias de un período remoto y pasado de producción simple no proporcionan ningún tipo de argumento para establecer la posibilidad de un sistema económico sin cálculo monetario.

En los estrechos confines de una economía doméstica cerrada, es posible revisar el proceso de producción de principio a fin y juzgar todo el tiempo si uno u otro modo de procedimiento produce más bienes consumibles. Sin embargo, esto ya no es posible en las circunstancias incomparablemente más complicadas de nuestra propia economía social. Será evidente, incluso en la sociedad socialista, que 1.000 hectolitros de vino son mejores que 800, y no es difícil decidir si desea 1.000 hectolitros de vino en lugar de 500 de aceite. No es necesario ningún sistema de cálculo para establecer este hecho: el elemento decisivo es la voluntad de los sujetos económicos involucrados. Pero una vez tomada esta decisión, sólo comienza la verdadera tarea de la dirección económica racional, es decir, económicamente, poner los medios al servicio del fin. Eso solo se puede hacer con algún tipo de cálculo económico. La mente humana no puede orientarse adecuadamente entre la masa desconcertante de productos intermedios y potencialidades de producción sin esa ayuda. Simplemente se quedaría perplejo ante los problemas de gestión y ubicación[7].

Es una ilusión imaginar que en un Estado socialista el cálculo in natura pueda reemplazar al cálculo monetario. El cálculo in natura, en una economía sin intercambio, sólo puede abarcar bienes de consumo; fracasa por completo cuando se trata de productos de orden superior. Y tan pronto como se abandona la concepción de un precio monetario establecido libremente para los bienes de un orden superior, la producción racional se vuelve completamente imposible. Cada paso que nos aleja de la propiedad privada de los medios de producción y del uso del dinero también nos aleja de la economía racional.

Es fácil pasar por alto este hecho, considerando que la manera en que el socialismo se manifiesta entre nosotros constituye sólo un oasis socialista en una sociedad con intercambio monetario, que sigue siendo una sociedad libre hasta cierto punto. En cierto sentido, podemos estar de acuerdo con la afirmación de los socialistas, que de otro modo es totalmente insostenible y se presenta solo como un punto demagógico, en el sentido de que la nacionalización y municipalización de la empresa no es realmente socialismo, ya que estas preocupaciones en sus organizaciones empresariales son tan dependientes sobre el sistema económico circundante con su libre comercio que no se puede decir que participen hoy de la naturaleza realmente esencial de una economía socialista. En los emprendimientos estatales y municipales se introducen mejoras técnicas porque se percibe su efecto en empresas privadas similares, nacionales o extranjeras, y porque las industrias privadas que producen los materiales para estas mejoras impulsan su implantación. En estas preocupaciones pueden establecerse las ventajas de la reorganización, porque operan dentro de la esfera de una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción y en el sistema de intercambio monetario, siendo así capaz de computación y contabilidad. Este estado de cosas, sin embargo, no podría darse en el caso de las empresas socialistas que operan en un entorno puramente socialista.

Sin cálculo económico no puede haber economía. Por tanto, en un Estado socialista en el que la búsqueda del cálculo económico es imposible, no puede haber —en nuestro sentido del término— economía alguna. En cuestiones triviales y secundarias, la conducta racional aún podría ser posible, pero en general sería imposible hablar más de producción racional. No habría forma de determinar qué es racional y, por tanto, es obvio que la producción nunca podría ser dirigida por consideraciones económicas. Lo que esto significa es bastante claro, aparte de sus efectos sobre la oferta de productos básicos. La conducta racional estaría divorciada de la base misma que es su dominio propio. ¿Habría, de hecho, algo parecido a la conducta racional o, de hecho, algo parecido a la racionalidad y la lógica en el pensamiento mismo? Históricamente, la racionalidad humana es un desarrollo de la vida económica. ¿Podría entonces obtenerla al divorciarse de ella?

Durante un tiempo, el recuerdo de las experiencias adquiridas en una economía competitiva, que se ha obtenido durante algunos miles de años, puede constituir un freno al colapso total del arte de la economía. Los métodos de procedimiento más antiguos podrían conservarse no por su racionalidad sino porque parecen estar consagrados por la tradición. En realidad, mientras tanto se habrían vuelto irracionales, ya que ya no se ajustan a las nuevas condiciones. Eventualmente, a través de la reconstrucción general del pensamiento económico, experimentarán alteraciones que los harán de hecho antieconómicos. El suministro de bienes ya no procederá anárquicamente por sí solo; eso es verdad. Todas las transacciones que sirvan al propósito de cumplir con los requisitos estarán sujetas al control de una autoridad suprema. Sin embargo, en lugar de la economía del método de producción «anárquico», se recurrirá a la producción sin sentido de un aparato absurdo. Las ruedas girarán, pero funcionarán sin ningún efecto.

Se puede anticipar la naturaleza de la futura sociedad socialista. Habrá cientos y miles de fábricas en funcionamiento. Muy pocos de ellos producirán productos listos para su uso; en la mayoría de los casos, lo que se fabricará serán bienes sin terminar y bienes de producción. Todas estas preocupaciones estarán interrelacionadas. Todo producto pasará por una serie de etapas antes de que esté listo para su uso. Sin embargo, en el incesante trabajo y esfuerzo de este proceso, la administración no tendrá ningún medio de probar sus resultados. Nunca podrá determinar si un bien dado no se ha conservado durante un período de tiempo superfluo en los procesos necesarios de producción, o si no se ha desperdiciado trabajo y material en su terminación. ¿Cómo podrá decidir si este o aquel método de producción es el más rentable? En el mejor de los casos, solo podrá comparar la calidad y la cantidad del producto consumible final producido, pero en los casos más raros estará en condiciones de comparar los gastos de producción. Conocerá, o creerá conocer, los fines que debe alcanzar la organización económica, y tendrá que regular sus actividades en consecuencia, es decir, tendrá que lograr esos fines con el menor gasto. Tendrá que hacer sus cálculos con miras a encontrar la forma más barata. Este cálculo, naturalmente, tendrá que ser un cálculo de valor. Es eminentemente claro, y no requiere más pruebas, que no puede ser de carácter técnico y que no puede basarse en el valor de uso objetivo de bienes y servicios.

Ahora bien, en el sistema económico de propiedad privada de los medios de producción, el sistema de cálculo por valor es necesariamente empleado por cada miembro independiente de la sociedad. Todo el mundo participa de su surgimiento de doble forma: por un lado, como consumidor y por otro, como productor. Como consumidor establece una escala de valoración de bienes listos para su uso en el consumo. Como productor, utiliza bienes de un orden superior para que produzcan el mayor rendimiento. De esta manera todos los bienes de orden superior reciben una posición en la escala de valoraciones de acuerdo con el estado inmediato de las condiciones sociales de producción y de las necesidades sociales. Mediante la interacción de estos dos procesos de valoración, se proporcionarán los medios para gobernar tanto el consumo como la producción mediante el principio económico en su totalidad. Todo sistema graduado de precios se basa en el hecho de que los hombres siempre y por siempre armonizaron sus propios requisitos con su estimación de los hechos económicos.

Todo esto está necesariamente ausente en un estado socialista. La administración puede saber exactamente qué bienes se necesitan con mayor urgencia. Pero al hacerlo, sólo ha encontrado lo que, de hecho, es uno de los dos requisitos previos necesarios para el cálculo económico. Sin embargo, por la naturaleza del caso, debe prescindir del otro: la valoración de los medios de producción. Puede establecer el valor alcanzado por la totalidad de los medios de producción; esto es obviamente idéntico al de todas las necesidades satisfechas. También puede calcular el valor de cualquier medio de producción calculando la consecuencia de su retiro en relación con la satisfacción de necesidades. Sin embargo, no puede reducir este valor a la expresión uniforme de un precio monetario, como puede hacerlo una economía competitiva, en la que todos los precios pueden remitirse a una expresión común en términos monetarios. En una comunidad socialista que, si bien no necesita prescindir necesariamente del dinero por completo, sin embargo, encuentra imposible utilizar el dinero como expresión del precio de los factores de producción incluido el trabajo), el dinero no puede desempeñar ningún papel en el cálculo económico[8].

Imagínese la construcción de un nuevo ferrocarril. ¿Debería construirse en absoluto y, de ser así, cuál de una serie de rutas concebibles debería construirse? En una economía competitiva y monetaria, esta pregunta se respondería mediante el cálculo monetario. La nueva ruta hará menos costoso el transporte de algunas mercancías, y es posible calcular si esta reducción de gastos trasciende lo que implica la construcción y mantenimiento de la siguiente línea. Eso solo se puede calcular en dinero. No es posible alcanzar el fin deseado simplemente contrarrestando los diversos gastos y ahorros físicos. Cuando no se pueden expresar las horas de trabajo, hierro, carbón, todo tipo de material de construcción, máquinas y otras cosas necesarias para la construcción y el mantenimiento del ferrocarril en una unidad común, no es posible hacer cálculos en absoluto. La elaboración de facturas sobre una base económica solo es posible cuando todos los bienes en cuestión pueden devolverse al dinero. Es cierto que el cálculo monetario tiene sus inconvenientes y graves defectos, pero ciertamente no tenemos nada mejor que poner en su lugar, y para los propósitos prácticos de la vida, el cálculo monetario, tal como existe bajo un sistema monetario sólido, siempre es suficiente. Si prescindiéramos de él, cualquier sistema económico de cálculo se volvería absolutamente imposible.

La sociedad socialista sabría aguardarse por sí misma. Emitiría un edicto y decidiría a favor o en contra del edificio proyectado. Sin embargo, esta decisión dependería en el mejor de los casos de estimaciones vagas; nunca se basaría en la base de un cálculo exacto de valor.

La economía estática puede prescindir del cálculo económico. Porque aquí siempre se repiten los mismos acontecimientos en la vida económica; y si asumimos que la primera disposición de la economía socialista estática sigue sobre la base del estado final de la economía competitiva, podríamos en todo caso concebir un sistema de producción socialista que esté controlado racionalmente desde un punto de vista económico. Pero esto solo es posible conceptualmente. Por el momento, dejamos de lado el hecho de que un estado estático es imposible en la vida real, ya que nuestros datos económicos están cambiando constantemente, de modo que la naturaleza estática de la actividad económica es solo una suposición teórica que no corresponde a ningún estado de cosas real, por muy necesario que sea para nuestro pensamiento y para la perfección de nuestro conocimiento de la economía. Aun así, debemos asumir que la transición al socialismo debe, como consecuencia de la nivelación de las diferencias de ingresos y los consiguientes reajustes en el consumo, y por tanto en la producción, cambiar todos los datos económicos de tal manera que se vuelva imposible un vínculo de conexión con el estado final de las cosas en la economía competitiva previamente existente. Pero luego tenemos el espectáculo de un orden económico socialista que se tambalea en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico.

Así, en la comunidad socialista, todo cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede ni evaluarse de antemano ni determinarse posteriormente retrospectivamente. Solo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

  • El cálculo económico en la comunidad socialista

¿Realmente estamos tratando con la consecuencia necesaria de la propiedad común de los medios de producción? ¿No hay forma de que algún tipo de cálculo económico pueda estar ligado a un sistema socialista?

En toda gran empresa, cada negocio o rama de actividad en particular es, hasta cierto punto, independiente en su contabilidad. Considera el trabajo y el material entre sí, y siempre es posible que cada grupo individual logre un equilibrio particular y se acerque a los resultados económicos de sus actividades desde un punto de vista contable. De este modo podemos determinar con qué éxito ha trabajado cada sección en particular y, en consecuencia, sacar conclusiones sobre la reorganización, reducción, abandono o expansión de los grupos existentes y sobre la institución de otros nuevos. Es cierto que algunos errores son inevitables en tal cálculo. Surgen en parte de las dificultades derivadas de la asignación de gastos generales. Sin embargo, otros errores surgen de la necesidad de calcular con datos que no son desde muchos puntos de vista rigurosamente comprobables, por ejemplo, cuando en la determinación de la rentabilidad de un determinado método de procedimiento calculamos la amortización de las máquinas utilizadas en el supuesto de una duración dada por su utilidad. Sin embargo, todos estos errores pueden limitarse a ciertos límites estrechos, de modo que no perturben el resultado neto del cálculo. Lo que queda de incertidumbre entra en el cálculo de la incertidumbre de las condiciones futuras, que es un concomitante inevitable de la naturaleza dinámica de la vida económica.

Parece tentador por consiguiente intentar construir por analogía una estimación separada de los grupos de producción particulares en el Estado socialista. Pero esto es absolutamente imposible. Porque cada cálculo por separado de las ramas particulares de una misma empresa depende exclusivamente del hecho de que es precisamente en las transacciones de mercado donde se forman los precios de mercado que deben tomarse como base de cálculo para todo tipo de bienes y mano de obra empleados. Donde no hay mercado libre, no hay mecanismo de precios; sin un mecanismo de precios, no hay cálculo económico.

Podríamos concebir una situación en la que se permite el intercambio entre ramas particulares de negocios, para obtener el mecanismo de las relaciones de intercambio (precios) y así crear una base para el cálculo económico incluso en la comunidad socialista. En el marco de una economía uniforme que no conoce la propiedad privada de los medios de producción, los grupos de trabajo individuales se constituyen por disposición independiente y autorizada, que tienen de hecho que comportarse de acuerdo con las instrucciones del consejo económico supremo, pero que, no obstante, se asignan entre sí bienes y servicios materiales sólo a cambio de un pago, que debería efectuarse en el medio general de intercambio. Es más o menos así como concebimos la organización del funcionamiento socialista de los negocios cuando hoy hablamos de socialización completa y cosas por el estilo. Pero todavía no hemos llegado al punto crucial. Las relaciones de intercambio entre bienes de producción sólo pueden establecerse sobre la base de la propiedad privada de los medios de producción. Cuando el «sindicato del carbón» proporciona carbón al «sindicato del hierro», no se puede formar ningún precio, excepto cuando ambos sindicatos son propietarios de los medios de producción empleados en su negocio. Esto no sería socialización sino capitalismo y sindicalismo obrero.

De hecho, el asunto es muy simple para aquellos teóricos socialistas que se basan en la teoría del valor trabajo.

Tan pronto como la sociedad toma posesión de los medios de producción y los aplica a la producción en su forma directamente socializada, el trabajo de cada individuo, por diferente que sea su utilidad específica, se convierte a priori y directamente en trabajo social. Entonces no es necesario establecer indirectamente la cantidad de trabajo social invertido en un producto; la experiencia diaria nos dice inmediatamente cuánto es necesario en promedio. La sociedad puede simplemente calcular cuántas horas de trabajo se invierten en una máquina de vapor, un quarter del trigo de la última cosecha y 100 yardas de lino de determinada calidad… Sin duda, la sociedad también tendrá que saber cuánta mano de obra se necesita para producir cualquier bien de consumo. Tendrá que organizar su plan de producción de acuerdo con sus medios de producción, a los que pertenece especialmente el trabajo. La utilidad producida por los diversos bienes de consumo, comparados entre sí y contra la cantidad de trabajo necesaria para producirlos, determinará en última instancia el plan. La gente simplificará todo sin la mediación del notorio «valor»[9].

Aquí no es nuestra tarea una vez más presentar objeciones críticas contra la teoría del valor trabajo. A este respecto, sólo pueden interesarnos en la medida en que sean relevantes para una evaluación de la aplicabilidad del trabajo en los cálculos de valor de una comunidad socialista.

A primera vista, el cálculo en términos de trabajo también tiene en cuenta las condiciones naturales de producción no humanas. La ley de los rendimientos decrecientes ya está reconocida en el concepto de tiempo de trabajo medio socialmente necesario en la medida en que su funcionamiento se debe a la variedad de las condiciones naturales de producción. Si aumenta la demanda de un bien y se deben explotar peores recursos naturales, entonces también aumenta el tiempo de trabajo socialmente necesario promedio requerido para la producción de una unidad. Si se descubren recursos naturales más favorables, la cantidad de trabajo socialmente necesario disminuye[10]. La consideración de la condición natural de producción es suficiente sólo en la medida en que se refleja en la cantidad de trabajo socialmente necesario. Pero es en este sentido que falla la valoración en términos de trabajo. Deja fuera de la cuenta el empleo de factores materiales de producción. Sea 10 horas la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario requerido para la producción de cada una de las mercancías P y Q. Además, en adición al trabajo, la producción de P y Q requiere la materia prima A, una unidad de la cual se produce mediante una hora de trabajo socialmente necesario; en la producción de P se utilizan 2 unidades de A y 8 horas de trabajo, y una unidad de A y 9 horas de trabajo en la producción de Q. En términos de trabajo, P y Q son equivalentes, pero en términos de valor, P es más valioso que Q. Lo primero es falso y sólo lo segundo corresponde a la naturaleza y propósito del cálculo. Es cierto que este excedente, por el cual según el cálculo del valor P es más valioso que Q, este sustrato material «viene dado por la naturaleza sin ninguna adición del hombre»[11]. Sin embargo, el hecho de que solo esté presente en cantidades tales que se convierta en objeto de economizar, debe tenerse en cuenta de una forma u otra en el cálculo del valor.

El segundo defecto en el cálculo en términos de trabajo es ignorar las diferentes calidades del trabajo. Para Marx, todo el trabajo humano es económicamente del mismo tipo, ya que siempre es «el gasto productivo del cerebro, la fuerza muscular, los nervios y la mano humanos»[12].

El trabajo calificado cuenta solo como trabajo simple intensificado, o más bien multiplicado, de modo que una cantidad menor de trabajo calificado es igual a una mayor cantidad de trabajo simple. La experiencia muestra que la mano de obra calificada siempre puede reducirse de esta manera a los términos del trabajo simple. Independientemente de que una mercancía sea el producto del trabajo más calificado, su valor puede equipararse al del producto del trabajo simple, de modo que representa simplemente una cantidad definida de trabajo simple.

Böhm-Bawerk no se equivoca mucho cuando llama a este argumento «un malabarismo teórico de ingenuidad casi pasmosa»[13]. Para juzgar el punto de vista de Marx, no necesitamos preguntarnos si es posible descubrir una única medida fisiológica uniforme de todo el trabajo humano, ya sea físico o «mental». Porque es cierto que existen entre los hombres diversos grados de capacidad y destreza, que hacen que los productos y servicios del trabajo tengan diferentes cualidades. Lo que debe ser concluyente para decidir si el cómputo en términos de trabajo es aplicable o no es si es o no posible traer diferentes tipos de trabajo bajo un denominador común sin la mediación de la valoración de sus productos por parte del sujeto económico. La prueba que Marx intenta dar no tiene éxito. De hecho, la experiencia muestra que los bienes se consumen en las relaciones de intercambio sin tener en cuenta el hecho de que se producen mediante trabajo simple o complejo. Pero esto sólo sería una prueba de que determinadas cantidades de trabajo simple se igualan directamente a determinadas cantidades de trabajo complejo, si se demostrara que el trabajo es su fuente de valor de cambio. Esto no sólo no está demostrado, sino que es lo que Marx está tratando de demostrar mediante estos mismos argumentos.

Ya no es una prueba de esta homogeneidad que las tasas de sustitución entre trabajo simple y complejo se manifiesten en la tasa salarial en una economía de intercambio, un hecho al que Marx no alude en este contexto. Este proceso de igualación es el resultado de transacciones de mercado y no su antecedente. El cálculo en términos de trabajo tendría que establecer una proporción arbitraria para la sustitución de trabajo complejo por simple, lo que excluye su empleo para fines de administración económica.

Durante mucho tiempo se supuso que la teoría del valor trabajo era indispensable para el socialismo, por lo que la demanda de nacionalización de los medios de producción debería tener una base ética. Hoy sabemos que esto es un error. Aunque la mayoría de los partidarios socialistas han empleado este concepto erróneo, y aunque Marx, por mucho que adoptó fundamentalmente otro punto de vista, no estaba del todo libre de él, está claro que el llamado político para la introducción de la producción socializada no requiere ni puede obtener el apoyo de la teoría del valor trabajo, por un lado, y que, por el otro, las personas que tienen diferentes puntos de vista sobre la naturaleza y el origen del valor económico pueden ser socialistas según sus sentimientos. Sin embargo, la teoría del valor trabajo es inherentemente necesaria para los partidarios de la producción socialista en un sentido distinto al que se suele pretender. En general, la producción socialista sólo podría parecer racionalmente realizable, si proporcionara una unidad de valor objetivamente reconocible, que permitiera el cálculo económico en una economía en la que ni el dinero ni el cambio estuvieran presentes. Y nada más el trabajo puede concebirse como tal.

  • Responsabilidad e iniciativa en los asuntos comunitarios

El problema de la responsabilidad y la iniciativa en las empresas socialistas está estrechamente relacionado con el del cálculo económico. Actualmente se acepta universalmente que la exclusión de la libre iniciativa y la responsabilidad individual, de las que depende el éxito de la empresa privada, constituye la amenaza más grave para la organización económica socialista[14].

La mayoría de los socialistas ignoran este problema en silencio. Otros creen que pueden responder con una alusión a los directores de empresas; a pesar de que no son los dueños de los medios de producción, las empresas bajo su control han de crecer rápidamente. Si la sociedad, en lugar de los accionistas de la empresa, se convierte en propietaria de los medios de producción, nada se habrá alterado. Los directores no trabajarían menos satisfactoriamente para la sociedad que para los accionistas.

Debemos distinguir entre dos grupos de sociedades anónimas y preocupaciones similares. En el primer grupo, formado en su mayor parte por empresas más pequeñas, algunas personas se unen en una empresa común en la forma jurídica una compañía. Muchas veces son los herederos de los fundadores de la empresa o, con frecuencia, competidores anteriores que se han fusionado. En este caso, el control y la gestión reales de los negocios está en manos de los propios accionistas o al menos de algunos de los accionistas, que hacen negocios en su propio interés; o en el de accionistas estrechamente relacionados como esposas, menores de edad, etc. Los consejeros en su calidad de miembros del consejo de administración o del consejo de control, y en ocasiones también en una capacidad jurídica atenuada, ejercen ellos mismos la influencia decisiva en la dirección de asuntos. Esto tampoco se ve afectado por la circunstancia de que a veces parte del capital social esté en manos de un consorcio financiero o un banco. Aquí, de hecho, la empresa solo se diferencia de la compañía pública comercial por su forma jurídica.

La situación es bastante diferente en el caso de las empresas de gran tamaño, donde solo una fracción de los accionistas, es decir, los grandes accionistas, participan en el control real de la empresa. Y estos suelen tener el mismo interés en la prosperidad de la empresa que cualquier propietario. Sin embargo, es muy posible que tengan intereses distintos a los de la gran mayoría de los pequeños accionistas, que quedan excluidos de la gestión, aunque posean la mayor parte del capital social. Pueden producirse graves colisiones cuando el negocio de la empresa se maneja de tal manera en nombre de los directores que los accionistas resultan perjudicados. Pero sea como fuere, está claro que los verdaderos poseedores del poder en las empresas dirigen el negocio en su propio interés, coincida o no con el de los accionistas. A largo plazo, en general, será ventajoso para el administrador de la empresa sólido, que no está simplemente empeñado en obtener un beneficio transitorio, representar los intereses de los accionistas no más que en todos los casos y evitar manipulaciones que puedan dañarlos. Esto es válido en primera instancia para los bancos y los grupos financieros, que no deben jugar a costa del público con el crédito del que disfrutan. Por tanto, el éxito de las empresas no depende únicamente de la prescripción de los motivos éticos.

La situación se transforma por completo cuando se nacionaliza una empresa. La fuerza motriz desaparece con la exclusión de los intereses materiales de los particulares, y si las empresas estatales y municipales prosperan, se debe a la toma del control de la «gestión» de parte de la empresa privada, o al hecho de que siempre son impulsados a reformas e innovaciones por parte de los empresarios a quienes compran sus instrumentos de producción y materia prima.

Dado que estamos en condiciones de examinar décadas de esfuerzo estatal y socialista, ahora se reconoce generalmente que no hay presión interna para reformar y mejorar la producción en las empresas socialistas, que no pueden ajustarse a las condiciones cambiantes de la demanda y que, en una palabra, son una rama muerta del organismo económico. Todos los intentos de darles vida hasta ahora han sido en vano. Se suponía que una reforma en el sistema de remuneración podría lograr el fin deseado. Si los gerentes de estas empresas estaban interesados en el rendimiento, se pensaba que estarían en una posición comparable a la del gerente de empresas de gran escala. Este es un error fatal. Los gerentes de empresas a gran escala están vinculados con los intereses de las empresas que administran de una manera completamente diferente de lo que podría ser el caso en las preocupaciones públicas. O ya son propietarios de una fracción nada despreciable del capital social, o esperan serlo a su debido tiempo. Además, están en condiciones de obtener beneficios mediante la especulación bursátil con las acciones de la empresa. Tienen la perspectiva de legar sus posiciones a sus herederos, o al menos asegurar parte de su influencia. El tipo al que se debe atribuir el éxito de las sociedades anónimas no es el de un director gerente complacientemente próspero que se parezca al funcionario público en su perspectiva y experiencia; más bien es precisamente el gestor, promotor y hombre de negocios, quien se interesa como accionista, a que toda nacionalización y municipalización que se tenga por objeto sea evitada.

En general, no es legítimo apelar en un contexto socialista a tales argumentos para asegurar el éxito de un orden económico construido sobre bases socialistas. Todos los sistemas socialistas, incluido el de Karl Marx y sus partidarios ortodoxos, parten del supuesto de que en una sociedad socialista no podría surgir un conflicto entre los intereses de lo particular y lo general. Todo el mundo actuará en su propio interés en dar lo mejor de sí mismo porque participa del producto de toda la actividad económica. La objeción obvia de que al individuo le preocupa muy poco si él mismo es diligente y entusiasta, y que es de mayor importancia para él que todos los demás deberían serlo, es completamente ignorada o insuficientemente tratada por ellos. Creen que pueden construir una comunidad socialista basándose únicamente en el imperativo categórico. Kautsky demuestra mejor cuán a la ligera es su costumbre de proceder de esta manera cuando dice: “Si el socialismo es una necesidad social, entonces sería la naturaleza humana y no el socialismo la que tendría que reajustarse, si alguna vez los dos chocaran[15]«. Esto no es más que puro utopismo.

Pero incluso si por el momento admitimos que estas expectativas utópicas pueden realmente realizarse, que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy en una sociedad en la que está sujeto a la presión de la libre competencia, aún permanece el problema de medir el resultado de la actividad económica en una comunidad socialista que no permite ningún cálculo económico. No podemos actuar económicamente si no estamos en condiciones de entender la economía.

Un lema popular afirma que, si pensamos menos burocráticamente y más comercialmente en las empresas comunales, estas funcionarán tan bien como las empresas privadas. Las posiciones de liderazgo deben estar ocupadas por comerciantes, y luego los ingresos crecerán rápidamente. Lamentablemente, la «mentalidad comercial» no es algo externo, que puede transferirse arbitrariamente. Las cualidades de un comerciante no son propiedad de una persona en función de las aptitudes innatas, ni se adquieren mediante estudios en una escuela comercial o trabajando en una casa comercial, ni siquiera por haber sido un hombre de negocios durante algún tiempo. La actitud y actividad comercial del empresario surge de su posición en el proceso económico y se pierde con su desaparición. Cuando un hombre de negocios exitoso es nombrado gerente de una empresa pública, aún puede traer consigo ciertas experiencias de su ocupación anterior y poder aprovecharlas de manera rutinaria durante algún tiempo. Sin embargo, con su entrada en la actividad comunal, deja de ser un comerciante y se convierte en un burócrata como cualquier otro empleado del lugar. No es un conocimiento de teneduría de libros, de organización empresarial, o del estilo de correspondencia comercial, ni siquiera una dispensa de un bachillerato comercial, lo que hace al comerciante, sino su posición característica en el proceso productivo, que permite la identificación de los intereses de la empresa y los suyos propios. No se soluciona el problema cuando Otto Bauer, en su obra más recientemente publicada, propone que los directores del Banco Central Nacional, a quienes se conferirá el liderazgo en el proceso económico, sean nominados por un Collegium, a la que también pertenecerían representantes del personal docente de los liceos comerciales[16]. Como los filósofos de Platón, los directores así nombrados pueden ser los más sabios y mejores de su clase, pero no pueden ser comerciantes en sus puestos como líderes de una sociedad socialista, incluso si deberían haberlo sido previamente.

Es una queja generalizada que la administración de empresas públicas carece de iniciativa. Se cree que esto podría remediarse con cambios en la organización. Esto también es un grave error. La gestión de una empresa socialista no puede estar enteramente en manos de un solo individuo, porque siempre debe existir la sospecha de que permitirá errores que inflijan graves daños a la comunidad. Pero si las conclusiones importantes dependen de los votos de los comités o del consentimiento de las oficinas gubernamentales pertinentes, entonces se imponen limitaciones a la iniciativa del individuo. Los comités rara vez se inclinan a introducir innovaciones audaces. La falta de libre iniciativa en los negocios públicos no se basa en la ausencia de organización, es inherente a la naturaleza del negocio en sí. No se puede transferir la libre disposición de los factores de producción a un empleado, por muy alto que sea su rango, y esto se vuelve aún menos posible cuanto más intensamente está materialmente interesado en el desempeño exitoso de sus funciones; porque en la práctica, el administrador sin propiedad sólo puede ser considerado moralmente responsable por las pérdidas incurridas. Y así las pérdidas éticas se yuxtaponen con oportunidades de ganancia material. El dueño de la propiedad, por otro lado, es él mismo responsable, ya que él mismo debe sentir principalmente la pérdida que surge de los negocios realizados de manera imprudente. Precisamente en esto hay una diferencia característica entre la producción liberal y socialista.

  • Las doctrinas socialistas más recientes y el problema del cálculo económico

Dado que los acontecimientos recientes ayudaron a los partidos socialistas a obtener el poder en Rusia, Hungría, Alemania y Austria y, por lo tanto, han convertido la ejecución de un programa de nacionalización socialista en un tema de actualidad, los escritores marxistas han comenzado a abordar más de cerca los problemas de la regulación de la comunidad socialista[17]. Pero incluso ahora siguen evitando cautelosamente la cuestión crucial, dejando que la aborden los despreciados «utopistas». Ellos mismos prefieren limitar su atención a lo que se hará en el futuro inmediato; siempre están elaborando programas del camino al socialismo y no del socialismo mismo. La única conclusión posible de todos estos escritos es que ni siquiera son conscientes del gran problema del cálculo económico en una sociedad socialista.

Para Otto Bauer, la nacionalización de los bancos aparece como el paso final y decisivo en la realización del programa de nacionalización socialista. Si todos los bancos son nacionalizados y fusionados en un solo banco central, entonces su junta administrativa se convierte en “la autoridad económica suprema, el principal órgano administrativo de toda la economía. Sólo mediante la nacionalización de la banca la sociedad obtiene el poder de regular su trabajo según un plan y de distribuir racionalmente sus recursos entre las distintas ramas de la producción, para adecuarlos a las necesidades de la nación”[18]. Bauer no está discutiendo los arreglos monetarios que prevalecerán en la comunidad socialista después de que se complete la nacionalización de los bancos. Al igual que otros marxistas, está tratando de mostrar cómo de manera simple y obvia el futuro orden socialista de la sociedad evolucionará a partir de las condiciones que prevalecen en una economía capitalista desarrollada. “Basta con traspasar a los representantes de la nación el poder que ahora ejercen los accionistas bancarios a través de las Juntas Administrativas que elijan”[19], para socializar los bancos y así poner el último ladrillo en el edificio del socialismo. Bauer deja a sus lectores completamente ignorantes del hecho de que la naturaleza de los bancos cambia por completo en el proceso de nacionalización y fusión en un banco central. Una vez que los bancos se fusionan en un solo banco, su esencia se transforma por completo; entonces están en condiciones de emitir crédito sin limitación alguna[20]. De esta manera, el sistema monetario tal como lo conocemos hoy desaparece por sí solo. Cuando, además, el banco central único es nacionalizado en una sociedad, que de otro modo ya está completamente socializada, desaparecen las transacciones de mercado y todas las transacciones de cambio son abolidas. Al mismo tiempo que el Banco deja de ser un banco, sus funciones específicas se extinguen, pues ya no hay lugar para él en dicha sociedad. Puede ser que se mantenga el nombre de “Banco”, que el Consejo Económico Supremo de la comunidad socialista se denomine Junta Directiva del Banco, y que celebren sus reuniones en un edificio antes ocupado por un banco. Pero ya no es un banco, no cumple ninguna de las funciones que cumple un banco en un sistema económico que se basa en la propiedad privada de los medios de producción y el uso de un medio general de cambio: el dinero. Ya no distribuye ningún crédito, porque una sociedad socialista hace que el crédito sea necesariamente imposible. El propio Bauer no nos dice qué es un banco, pero comienza su capítulo sobre la nacionalización de los bancos con la frase: «Todo el capital disponible fluye hacia un fondo común en los bancos»[21]. Como marxista, ¿no debe plantearse la cuestión de cuáles serán las actividades de los bancos después de la abolición del capitalismo?

Todos los demás escritores que se han enfrentado a los problemas de la organización de la comunidad socialista son culpables de confusiones similares. No se dan cuenta de que las bases del cálculo económico se eliminan por la exclusión del intercambio y el mecanismo de precios, y que algo debe ser sustituido en su lugar, si no se quiere abolir toda la economía y no resultar en un caos desesperado. La gente cree que las instituciones socialistas podrían evolucionar sin más que las de una economía capitalista. Esto no es en absoluto el caso. Y se vuelve aún más grotesco cuando hablamos de bancos, administración de bancos, etc., en una comunidad socialista.

La referencia a las condiciones que se han desarrollado en Rusia y Hungría bajo el dominio soviético no prueba nada. Lo que tenemos no es más que una imagen de la destrucción de un orden de producción social existente, que se ha sustituido por una economía familiar campesina cerrada. Todas las ramas de producción que dependen de la división social del trabajo se encuentran en un estado de total disolución. Lo que está sucediendo bajo el gobierno de Lenin y Trotsky es simplemente destrucción y aniquilación. Si, como sostienen los liberales[22], el socialismo debe inevitablemente arrastrar estas consecuencias en su comitiva, o si, como replican los socialistas, esto es solo el resultado del hecho de que la República Soviética es atacada desde afuera, es una cuestión que no nos interesa en este contexto. Todo lo que debe establecerse es el hecho de que la comunidad socialista soviética ni siquiera ha comenzado a discutir el problema del cálculo económico, ni tiene ninguna razón para hacerlo. Porque donde las cosas todavía se producen para el mercado en la Rusia soviética a pesar de las prohibiciones gubernamentales, se valoran en términos de dinero, porque existe en esa medida la propiedad privada de los medios de producción y los bienes se venden a cambio de dinero. Incluso el Gobierno no puede negar la necesidad, que confirma al aumentar la cantidad de dinero en circulación, de mantener un sistema monetario por lo menos durante el período de transición.

Que la esencia del problema que hay que afrontar todavía no ha salido a la luz en la Rusia soviética, lo demuestra bien las declaraciones de Lenin en su ensayo sobre Die nächsten Aufgaben der Sowjetmacht. En las deliberaciones del dictador siempre se repite el pensamiento de que la tarea inmediata y más urgente del comunismo ruso es «la organización de la contabilidad y el control de aquellas cuestiones en las que los capitalistas ya han sido expropiados, y de todas las demás preocupaciones económicas»[23]. Aun así, Lenin está lejos de darse cuenta de que aquí se trata de un problema completamente nuevo que es imposible resolver con los instrumentos conceptuales de la cultura «burguesa». Como un verdadero político, no se preocupa por cuestiones ajenas a sus narices. Todavía se encuentra rodeado de transacciones monetarias y no advierte que con la socialización progresiva el dinero pierde necesariamente su función como medio de intercambio de uso general, en la medida en que la propiedad privada y con ella el intercambio desaparecen. La implicación de las reflexiones de Lenin es que le gustaría reintroducir en los negocios soviéticos la contabilidad «burguesa» llevada a cabo sobre una base monetaria. Por lo tanto, también desea devolver a los “expertos burgueses” a un estado de gracia[24]. Por lo demás, Lenin es tan poco consciente como Bauer del hecho de que en una comunidad socialista las funciones del banco son impensables en su sentido actual. Quiere ir más allá con la «nacionalización de los bancos» y proceder «a una transformación de los bancos en el punto nodal de la contabilidad social bajo el socialismo»[25].

Las ideas de Lenin sobre el sistema económico socialista, al que se esfuerza por llevar a su pueblo, son generalmente oscuras.

“El estado socialista”, dice, “sólo puede surgir como una red de comunas productoras y consumidoras, que registran concienzudamente su producción y consumo, realizan económicamente su trabajo, elevan ininterrumpidamente su productividad laboral y así lograr la posibilidad de rebajar la jornada laboral a siete o seis horas o incluso menos[26]«….“Cada factor, cada aldea aparece como una comuna de producción y consumo que tiene el derecho y la obligación de aplicar la legislación soviética general a su manera (‘a su manera’ no en el sentido de su voluntad, sino en el sentido de la variedad de sus formas de realización), y resolver a su manera los problemas de cálculo de la producción y distribución de productos”[27].

“Las principales comunas deben y servirán a las más atrasadas como educadores, maestros y líderes estimulantes”. Los éxitos de las principales comunas deben difundirse en todos sus detalles para dar un buen ejemplo. Las comunas que «muestran buenos resultados comerciales» deben ser recompensadas de inmediato «con una reducción de la jornada laboral y un aumento de los salarios, y permitiendo que se preste más atención a los bienes y valores culturales y estéticos»[28].

Podemos inferir que el ideal de Lenin es un estado de sociedad en el que los medios de producción no sean propiedad de unos pocos distritos, municipios o incluso de los trabajadores en cuestión, sino de toda la comunidad. Su ideal es socialista y no sindicalista. No es necesario enfatizar esto especialmente para un marxista como Lenin. No es extraordinario el teórico Lenin, sino el estadista Lenin, líder de la revolución rusa sindicalista y campesina. Sin embargo, en este momento estamos comprometidos con el escritor Lenin y podemos considerar sus ideales por separado, sin dejarnos perturbar por el cuadro de la sobria realidad. Según el teórico Lenin, toda gran empresa agrícola e industrial es integrante de la gran comunidad laboral. Aquellos que participan activamente en esta comunidad tienen derecho a autogobernarse; ejercen una profunda influencia en la dirección de la producción y nuevamente en la distribución de los bienes que se destinan al consumo. Sin embargo, el trabajo es propiedad de toda la sociedad y, como su producto también pertenece a la sociedad, dispone de su distribución. ¿Cómo, debemos preguntarnos ahora, se lleva a cabo el cálculo en la economía en una comunidad socialista tan organizada? Lenin nos da una respuesta de lo más inadecuada al remitirnos a las estadísticas.

Nosotros debemos

Llevar estadísticas a las masas, hacerlas populares, para que la población activa aprenda gradualmente por sí misma a comprender y darse cuenta de cuánto y qué tipo de trabajo se debe hacer, cuánto y qué tipo de recreación se debe tomar, de modo que la comparación de los resultados industriales de la economía en el caso de comunas individuales se convierte en objeto de interés general y educación[29].

De estas escasas alusiones es imposible inferir lo que Lenin entiende por estadística y si está pensando en computación monetaria o in natura. En cualquier caso, debemos referirnos a lo que hemos dicho sobre la imposibilidad de conocer los precios monetarios de los bienes de producción en una comunidad socialista y sobre las dificultades que se interponen en el camino de la valoración in natura[30]. La estadística sólo sería aplicable al cálculo económico si pudiera ir más allá del cálculo in natura, cuya inadecuación para este propósito hemos demostrado. Naturalmente, esto es imposible donde no se establecen relaciones de intercambio entre bienes en el proceso del comercio.

Conclusión

De lo que hemos podido establecer en nuestros argumentos anteriores debe deducirse que los protagonistas de un sistema de producción socialista reclaman preferencia por él sobre la base de una mayor racionalidad frente a una economía constituida de tal manera que depende de la propiedad privada de los medios de producción. No es necesario considerar esta opinión en el marco del presente ensayo, en la medida en que se apoya en la afirmación de que la actividad económica racional no necesariamente puede ser perfecta, porque operan ciertas fuerzas que dificultan su desarrollo. A este respecto, solo podemos prestar atención a la razón económica y técnica de esta opinión. Se cierne ante quienes sostienen este principio una concepción confusa de la racionalidad técnica, que se opone a la racionalidad económica, sobre la que tampoco tienen mucha claridad. Suelen pasar por alto el hecho de que «toda la racionalidad técnica de la producción es idéntica a un bajo nivel de gasto específico en los procesos de producción[31]”.

Pasan por alto el hecho de que el cálculo técnico no es suficiente para darse cuenta del «grado de conveniencia general y teleológica» de un evento[32]; que solo puede calificar eventos individuales de acuerdo con su importancia; pero que nunca podrá orientarnos en los juicios que exige el conjunto económico en su conjunto. Sólo por el hecho de que las consideraciones técnicas pueden basarse en la rentabilidad, podemos superar la dificultad que surge de la complejidad de las relaciones entre el poderoso sistema de producción actual, por un lado, y la demanda y la eficiencia de las empresas y unidades económicas por otro; y podemos obtener la imagen completa de la situación en su totalidad, que requiere la actividad económica racional[33].

Estas teorías están dominadas por una concepción confusa de la primacía del valor de uso objetivo. De hecho, en lo que respecta a la administración económica, el valor de uso objetivo sólo puede adquirir importancia para la economía a través de la influencia que deriva del valor de uso subjetivo en la formación de las relaciones de intercambio de los bienes económicos. Una segunda idea confusa está inexplicablemente involucrada: el juicio personal del observador sobre la utilidad de los bienes en oposición a los juicios de las personas que participan en las transacciones económicas. Si alguien encuentra «irracional» gastar tanto como se gasta en la sociedad en fumar, beber y placeres similares, entonces sin duda tiene razón desde el punto de vista de su propia escala personal de valores. Pero al juzgar así, ignora el hecho de que la economía es un medio y que, sin perjuicio de las consideraciones racionales que influyen en su patrón, la escala de los fines últimos es un asunto de conación y no de cognición.

El conocimiento del hecho de que la actividad económica racional es imposible en una comunidad socialista no puede, por supuesto, utilizarse como argumento ni a favor ni en contra del socialismo. Quien esté dispuesto a entrar en el socialismo por motivos éticos, en el supuesto de que disminuya la provisión de bienes de orden inferior para los seres humanos en un sistema de propiedad común de los medios de producción, o quien se guíe por ideales ascéticos en su deseo por el socialismo, no se dejará influir en sus esfuerzos por lo que hemos dicho. Menos aún serán disuadidos los socialistas de la «cultura» que, como Muckle, esperan del socialismo principalmente «la disolución de la más espantosa de todas las barbaries: la racionalidad capitalista[34]«. Pero quien espera un sistema económico racional del socialismo se verá obligado a reexaminar sus puntos de vista.


[1] Karl Kautsky, The Social Revolution and On the Morrow of the Social Revolution (Londres: Twentieth Century Press, 1907), Parte II, pág. 1.

[2] [Por “orden inferior” Mises se refiere a aquellos bienes hechos para consumo final, y por “orden superior” aquellos usados en la producción.]

[3] Usando ese término, por supuesto, solo en el sentido del sujeto que valora, y no en un sentido objetivo y universalmente aplicable.

[4] Franz Čuhel, Zur Lehre von den Bedürfnissen (Innsbruck: Wagner’ssche Universität-Buchhandlung, 1907), págs. 198 y sig.

[5] Cf. Friedrich von Wieser, Über den Ursprung und die Hauptgesetze des wirtschaftlichen Eertes (Vienna: A. Hölder, 1884), págs. 185 y sig.

[6] Cf. Mises, Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel (Munich y Leipzig: Duncker & Humblot, 1912), pág. 16, con las referencias allí dadas.

[7] Friedrich von Gottl-Ottlilienfeld, Wirtschaft und Technik (Grundriss der Sozialökonomik, Sección II; Tübingen: J.C.B. Mohr, 1914), pág. 216.

[8] Este hecho también es reconocido por Otto Neurath (Durch die Kriegswirtschaft zur Naturalwirtschaft [Munich: G.D.W. Callwey, 1919], págs.216 y sigs.). Avanza la opinión de que toda economía administrativa completa es, en el análisis final, una economía natural. «La socialización», dice, «es, por tanto, la búsqueda de la economía natural». Neurath simplemente pasa por alto las insuperables dificultades que tendrían que desarrollarse con el cálculo económico en la comunidad socialista.

[9] Friedrich Engels, Herrn Eugen Dührings Umwälzung des Wissenschaft, 7ª ed., págs. 335 y sig. [Traducido por Emile Burns como Herr Eugen Dühring’s Revolution in Science—Anti-Düring (Londres: Lawrence & Wishart, 1943).]

[10] Karl Marx, Capital, traducido por Eden y Cedar Paul (Londres: Allen & Unwin, 1928), pág. 9.

[11] Ibid., pág. 12.

[12] Ibid., pág. 13 et seq.

[13] Cf. Eugen von Böhm-Bawerk, Capital and Interest, traducido por William Smart (Londres y Nueva York: Macmillan, 1890), pág. 384.

[14] Cf. Vorläufiger Bericht der Sozialisierungskommission über die Fragse der Sozialisierung des Kohlenbergbaues, concluida el 15 de febrero de 1919 (Berlín, 1919), pág. 13

[15] Cf. Karl Kautsky, prefacio de “Atlanticus” [Gustav Jaeckh], Produktion und Konsum im Sozialstaat (Stuttgart: J.H.W. Dietz, 1898), pág. 14.

[16] Cf. Otto Bauer, Der Weg zum Sozialismus (Vienna: Ignaz Brand, 1919), pág. 25

[17][El lector debe recordar que Mises está escribiendo en 1920]

[18] Cf. Otto Bauer, Der Weg zum Sozialismus (Vienna: Ignaz Brand, 1919), pág. 26 f

[19] Ibid. pág. 25

[20] Cf. Ludwig von Mises, Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel (Munich y Leipzig: Duncker & Humblot, 1912), págs. 474 y sigs.

[21] Cf. Bauer, Der Weg zum Sozialismus, pág. 24 f

[22] [Mises está usando el término «liberal» aquí en su sentido europeo del siglo XIX, que significa «liberal clásico» o libertario. Sobre el liberalismo, ver Liberalism: In the Classical Tradition, de Mises, traducido por Ralph Raico (Irvington-on-Hudson, Nueva York: Foundation for Economic Education, 1985).]

[23] Cf. V.I. Lenin, The Next Tasks of Soviet Power (Berlín: Wilmersdorf, 1919), págs. 12 y sigs., 22 y sigs.

[24] Ibid., pág. 15.

[25] Ibid., págs. 21 y 26. Comparece también con Bujarin, Das Programm der Kommunisten (Zürich: no pub., 1918), págs. 27 y sigs.

[26] Lenin, Die nächsten Aufgaben der Sowjetmacht, págs. 24 y sig.

[27] Ibid., pág. 32

[28] Ibid., pág. 33.

[29] Ibid.

[30] También Neurath atribuye una gran importancia a las estadísticas para el establecimiento del plan económico socialista. Otto Neurath (Durch die Kriegswirtschaft zur Naturalwirtschaft [Munich: G.D.W. Callwey, 1919], págs. 212 y siguientes).

[31] Friedrich von Gottl-Ottlilienfeld, Wirtschaft und technik (Grundriss der Sozialökonomik, Sección II; Tübingen: J.C.B. Mohr, 1914), pág. 220.

[32] Ibid., pág. 219.

[33] Ibid., pág. 225.

[34] Friedrich Muckle, Das Kulturideal des Sozialismus (Munich y Leipzig: Duncker & Humblot, 1919), pág. 213. Por otro lado, Muckle exige el «más alto grado de racionalización de la vida económica para reducir las horas de trabajo y permitir que el hombre se retire a una isla donde pueda escuchar la melodía de su ser».